«Aristocracia y Oligarquía» - Fray Alberto García Vieyra O.P. (1912–1985)
En un nuevo aniversario de la Declaración de la Independencia, vaya este ilustrativo texto en homenaje a aquellos verdaderos aristócratas que ofrendaron todas sus vidas en aras de una Argentina grande.
Pero aún sin ser
institucionalmente gobierno, aristocracia y oligarquía son factores de poder o
presión social, de mayor o menor influencia según las circunstancias. La nota
distintiva de la Aristocracia (gobierno de los mejores) es su FUNCIÓN
DE SERVICIO DESINTERESADO del Bien Común, su capacidad de dar sin
exigir nada en cambio. Por el contrario, la característica esencial de la
oligarquía es el predominio de su bien particular sobre el Bien Común, el
servicio de los intereses de casta, de clase o de grupo por sobre el Interés de
la Comunidad Nacional.
Estos dos factores constitutivos
esenciales, responden respectivamente, en el plano individual, a una virtud: la
CARIDAD,
que se abre hacia los demás, y a un vicio: el EGOÍSMO,
que se hace a sí mismo centro y eje de todo y de todos.
Los elementos que integran la Aristocracia
son múltiples. No es el dinero solo, a menos que éste sea un medio al servicio
común, aunque generalmente el dinero es distintivo y fuerza principal de la
oligarquía.
No es sólo el apellido. Éste puede servir
si los méritos del antepasado son un acicate y exigencia de altura. Pero no hay
nada más ridículo que cuando una ristra de apellidos sirve para hinchar como un
pavo a un imbécil que duerme sobre los laureles (y los mangos) de un abuelo que
tuvo la gloria de ganar una batalla y la habilidad de alambrar un campito. Vale
pues, por lo general, aquello de Don Quijote de que el hombre «es no tanto por
donde nace, sino por donde se hace».
No constituyen tampoco de si la
aristocracia, la cultura, ni el «magisterio de refinamiento y de costumbres»
que, privados de una finalidad posterior se aniquilan en un inútil escepticismo
burgués. La aristocracia pues, no es privilegio de
una clase social (tampoco lo es la oligarquía), ni constituye a veces un grupo
visible u homogéneo, como pasa, por ejemplo, en la Argentina, donde los mejores
están dispersos, ocultos, cuidadosamente radiados de los diversos sectores,
privados de poder (es decir «Aristos» sin «Cratos»), desalojados por
oligarquías diversas que se turnan en el usufructo del Estado.
En la Argentina no existe, pues, una
aristocracia auténtica una verdadera «clase dirigente». Pueden existir hombres
que manden, que organicen, hombres de empresa, pero mientras sus capacidades no
estén dirigidas por un sentido de servicio a la Comunidad y a la Patria, lo
estarán inevitablemente, al del interés de la Oligarquía ocupante y usurpadora
del Estado. Aristócratas fueron los caudillos criollos, aunque algunos de ellos
no supieran leer. Y lo fueron por que dieron su vida y su sangre, sin provechos
y sin necesidad personales.
Y recibieron en pago ingratitud, la
tremenda ingratitud de esta Patria que está tan lejos de ser lo que ellos
soñaron. Tuvimos una aristocracia. Pero esta se
terminó cuando los extranjeros, a los que corrimos con aceite hirviendo o con
cañones viejos, volvieron tirando plata en vez de tiros y establecieron el coloniaje
espiritual y económico, bajo la máscara de una falsa soberanía política.
Unos quisieron resistir, y
fueron exterminados por los mercenarios, y su cabeza clavada en una pica. Otros
fueron corrompidos por la bazofia cipaya de la tilinguería intelectual, servida
por la escuela sarmientina y la prensa mitrista.
Y con la caída o degeneración de la
aristocracia, tuvo nacimiento nuestra oligarquía «tradicional»: estúpida,
canallesca, servil ante el extranjero y despectiva frente al criollo pisoteando
y traicionando mil veces el legado recibido y la exigencia de una misión hacia
el futuro. Ésta que hoy vemos morir sin pena ni gloria, lentamente, para dejar
lugar a la nueva oligarquía industrial y financiera, de apellidos
impronunciables, u ocultos tras las siglas de Sociedades Anónimas. Menos
argentina, porque más advenediza y desarraigada, pero, por lo mismo responsable
de la traición histórica, aunque, eso sí, gestora activa de la misma.
Como el nacimiento de la oligarquía es
consecuencia de la destrucción y degeneración de la aristocracia, la definitiva
e imprescindible destrucción de la oligarquía, sólo podía ser obra del
nacimiento de una nueva aristocracia, que hoy toma la forma de una MINORÍA
REVOLUCIONARIA. Fiel al pasado, a la tradiciones espirituales y
nacionales, pero no para demorarse en una contemplación estática, en una
añoranza sentimental, sino para proyectarlos hacia el futuro en la dinámica
creadora de la Patria Nueva. Que no será obtenida por ÉSTO
(innombrable), que hoy padecemos, sino por la Revolución que está por nacer,
que venimos anunciando y exigiendo por la que ya dieron su sangre nuestros
mejores camaradas.
* En «Revista Cabildo», Año I, N°9, Buenos Aires, 3 de enero de 1974, p.14.
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