«Virtud de esperanza y optimismo» - Gustave Thibon (1903-2001)

«Dios quiere el bien y permite el mal. Nuestra labor consiste en apoyarnos en el bien que Dios quiere con el fin de disminuir el mal que Dios permite».

Recientemente, discutía con un joven sacerdote cuya fe en Dios se traducía por una vertiginosa «apertura» al mundo moderno. Y como le hiciere partícipe de mis inquietudes respecto a ciertas corrientes actuales, tales como los progresos de la colectivización y del anonimato, el condicionamiento de los espíritus por las propagandas, la regresión hacia la barbarie en las luchas políticas, la disolución de las costumbres, el saqueo y la contaminación de la naturaleza, etc., obtuve por toda respuesta esta exclamación reprobadora y compasiva: «¡Qué pesimismo! ¿Y qué hace, pues, con la virtud de la esperanza?»

Contesté: «¿Acaso es ser pesimista ver el mal y el peligro allí donde están y buscar las soluciones? En cuanto a la virtud de la esperanza, ésta no tiene nada que ver con el optimismo ciego y beato que se tapa los ojos ante el mal y se imagina que, pase lo que pase, todo irá fatalmente de mejor en mejor: consiste, más bien, en no desanimarse nunca, ni perder pie, sea cual sea la espesura del mal y la gravedad del peligro.

»Si un hombre abusa habitualmente del alcohol, ¿es faltar a la virtud de la esperanza el advertirle del riesgo que corre? O si se declara un incendio, ¿hay que confiar en las llamas o, por el contrario, llamar a los bomberos?, ¿y no ocurre lo mismo con los grandes peligros colectivos evocados más arriba?»

«Confiemos en la Providencia –continuó diciendo mi joven sacerdote–: todo esto se arreglará».

Desde luego. A plazo más o menos largo todo acaba por arreglarse. Al morir, el alcohólico libra a la sociedad de su inútil presencia; el incendio se para después de haber devorado todo lo que estaba a su alcance. Y al hundimiento de la ciudad le sucede, antes o después (pero, ¿a través de qué ruinas, de qué noches?) una nueva forma de civilización. Pero, ¿le está permitido al hombre dejar que las cosas lleguen hasta ese punto?

Proseguí: «La esperanza cristiana es una virtud sobrenatural, enraizada en la fe en la omnipotencia y en la bondad infinita de Dios, que ninguna catástrofe temporal puede ni debe acabar con ella». Incluso imaginándose lo peor, es decir, el fin del mundo por el agotamiento del planeta o por alguna explosión atómica, en nada cambian las promesas de la eternidad. De este modo, mis inquietudes no van dirigidas al triunfo final del bien, sino a las amenazas que pesan sobre el mundo temporal a cuya gestión nos ha asociado Dios. Ahora bien, ninguna gestión buena es posible si el mal no es reconocido y combatido como tal. ¿Qué pensaría usted de un médico que no se ocupara de descubrir y tratar la enfermedad, pretextando de que se ha prometido a nuestros cuerpos la resurrección gloriosa?

No confundamos los términos. Es una prostitución de la esperanza teológica el aplicarla sin discernimiento a todo lo que se produce en el tiempo y esperar que el bien salga automáticamente del mal. Dios quiere el bien y permite el mal. Nuestra labor consiste en apoyarnos en el bien que Dios quiere con el fin de disminuir el mal que Dios permite.

Lo cual implica lucidez y valor. La primera, para discernir el mal, y la segunda, para combatirlo. No se trata de esperar pasivamente un porvenir de acuerdo con nuestros deseos, sino de construirlo por una elección y un esfuerzo cotidianos. El labrador cree en las buenas fuerzas de la naturaleza: la virtud de las semillas, la fecundidad de la tierra y las lluvias del cielo, pero no en las intemperies ni en los parásitos.

Dios tendrá la última palabra, no lo dudamos. En el fin del mundo. Pero no es razón suficiente para dejar con demasiada frecuencia aquí y allá la palabra al diablo...

* En «El equilibrio y la armonía», Ediciones Rialp, Madrid, 1981, pp. 72-74.

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