«Formas – Seriedad – Izquierda y Derecha» - Francisco Seeber (1919–1989)

«...El nacionalismo se ha negado siempre a encasillarse en alguno de los términos de la dicotomía izquierda-derecha precisamente porque la considera falsa, es decir, generadora de actitudes deformadas, parcializadas, de la conducta humana...».

FORMAS
Hay que forzarse a querer las formas, las formas propias, para ser personas y no hormigas. Uniformidad y deformación son una misma cosa. Son nuestras formas las que nos hacen ser nosotros mismos, y en ser nosotros mismos reside nuestra libertad. Y digo que hay que forzarse, porque existe en los hombres y en las sociedades una tendencia nihilista, suicida, a fundirse, a desaparecer en la uniformidad: y ello por abulia y por temor a la soledad y a la lucha. Querer las formas y creer en ellas supone un esfuerzo racional y afectivo, y siempre está presente la tentación de abandonarse al instinto, de renunciar al movimiento y a la afectividad, en una actitud de la que son ejemplo extremo los esquizofrénicos. Nuestro mundo europeo, nuestra cultura, están inficionados como nunca por esta esquizofrenia colectiva: nihilismo sartriano, arte abstracto, antieuropeísmo, masificación, irracionalismo, amoralismo, existencialismo, despersonalización de Dios, panteísmo, materialismo: todas cosas que se suponen unas a otras, o más bien que son como distintos aspectos y distintos nombres de una misma cosa llamada paradójicamente progresismo, cuando no es más que regresión a la animalidad, substitución del espíritu por el instinto, erradicación de la libertad en el hombre.

Todo esto nos destruye y nos paraliza. Es mi convicción más profunda, sin embargo, que abstracción hecha de todo análisis intrínseco y de todo juicio de valor sobre ellas, las ideologías (y las anti-ideologías) son concretamente aprovechadas como medio por lo que podríamos llamar empresas de dominio, a veces claramente identificables en un imperialismo nacional, y otras mucho más peligrosas, de límites imprecisos no tan fácilmente identificables, máxime que a menudo se superponen en cierto modo a las primeras.

El instinto de dominación, individual o colectivo –natural al ser humano puesto que es realmente «instinto» o impulso prerracional–, busca probablemente la seguridad y la libertad de la persona o del grupo en la sujeción de «los otros», que representan, siempre un daño potencial, una esclavitud potencial. Forzar a los demás para imponerles en última instancia «nuestras» formas, es la manera más definitiva de evitar que ellos nos impongan las suyas (y «deformar» a la futura presa es provocar su indefensión, digamos volviendo a lo que decíamos al principio). El instinto de dominación irrumpe en la conciencia, se racionaliza y se articula en planes conducentes a realizarlo; y después se pone en acto.

Cuando distinguimos al adversario que nos ataca y las armas que utiliza, la cosa podrá ser más o menos grave, pero está dada la primera e indispensable condición de la defensa. Hoy en cambio estamos siendo destruidos por un mal que no se advierte como tal, como no se advierte (lógica consecuencia) a sus concretos promotores. La deformación del hombre y de la cultura europeos es, sin embargo, efectivamente promovido y lo es con una coherencia que aun cuando no fuera resultado de un plan preestablecido, se logra en los hechos mismos; proceso tanto más grave cuanto que aprovecha para su desarrollo tendencias negativas naturales al hombre y a la sociedad.

SERIEDAD
Es curioso hasta qué punto puede la gente abstraerse de la realidad, mirar sin ver y oír sin escuchar. Viven los hombres de este siglo los cambios más veloces y trascendentales; los arrastra el trágico torbellino de inconmensurables revoluciones que arrasan y transforman continentes y naciones, culturas y sociedades; y ante la dramática grandiosidad de los hechos –tan inmediatamente presentes que hasta los tienen dentro, en su misma conciencia– sólo atinan a refugiarse en el lugar común y en la rutina.

Este no aprehender la realidad de las cosas serias parece ser muy especialmente característico de los argentinos. Aquí sabemos, desde luego, de una guerra en la cual –hace más de veinte años– murieron varios millones de personas; sabemos de otras guerras que de entonces a ahora se suceden sin solución de continuidad; de revoluciones, torturas, miserias y hecatombes de distinto tipo; todo eso lo leemos en los diarios, lo vemos en el cine y, por supuesto, ni se nos ocurre ponerlo ostensiblemente en duda. Pero en el fondo de nosotros mismos no podemos creer en todo eso, somos incapaces de sentirlo como real, se nos aparece como algo ficticio, como una novela, como algo poco serio en definitiva.

A1 igual que el gallego del cuento, puestos frente a un hipopótamo sólo atinamos a pensar: «ese animal no existe»; aunque digamos lo contrario.

Este desvalorar todo lo trágico, lo importante, lo trascendental, lo profundo, lo serio –todo lo cual es considerado como una mirada que oscila entre el pudor ofendido y el desprecio condescendiente–, para valorar en cambio lo mínimo y fútil, constituye la más típica respuesta del necio y del ignorante a los problemas que se sabe incapaz de resolver.

IZQUIERDA Y DERECHA
La opinión según la cual izquierda y derecha serían básicamente expresión de tendencias predominantes hacia el optimismo o el pesimismo respectivamente, parece, desde un punto de vista psicológico, parcialmente verdadera, ya que es característica del izquierdista una confianza ilimitada en la capacidad del hombre para perfeccionarse indefinidamente a sí mismo (o sea, en lo que genéricamente se llama progreso); inclinándose paralela y consecuentemente a considerar bueno todo lo nuevo y a juzgar peyorativamente lo pasado. La hipervaloración que hace el hombre de izquierda de la naturaleza humana, su ceguera frente a los aspectos negativos que ésta presenta, le llevan por lo general a la utopía y al esquematismo político ingenuo.

El conservador, por el contrario, está predominantemente atento al deterioro de cuanto le circunda, desconfía de lo nuevo y tiende a desconocer las condiciones positivas del hombre; para él siempre «cualquiera tiempo pasado fue mejor», y su ideal consiste en inmovilizar mientras se pueda y todo lo que se pueda.

Esta identificación izquierda-optimismo, derecha-pesimismo, peca sin embargo de excesivamente esquemática (y un poco caricaturesca), y deja de lado elementos fundamentales de ambas actitudes; por otra parte debe ser tomada muy relativamente, porque en todo hombre coexisten en cierta medida el optimismo y el pesimismo.

El nacionalismo se ha negado siempre a encasillarse en alguno de los términos de la dicotomía izquierda-derecha precisamente porque la considera falsa, es decir, generadora de actitudes deformadas, parcializadas, de la conducta humana. En su aspiración al realismo político y en su sensata y por ello exacta apreciación de la naturaleza del hombre –en la que se unen tendencias al bien y al mal, capacidades e insuficiencias– rechaza tanto la revolución permanente y omnicomprensiva como el conservadorismo indiscriminado, integrando en cambio ambos elementos (reforma y tradición) en las proporciones exigidas por la realidad del hombre y su circunstancia. Aquí se ve el fundamental centrismo de la posición nacionalista, del que ya hemos hablado en otra ocasión, que no es más que una lúcida apreciación de la realidad, tan alejada del optimismo ingenuo cuanto de la estéril y decadente inmovilidad del pesimista. A lo cual cabría denominar, indistintamente, optimismo o pesimismo lúcido.

El nacionalismo pretende ser precisamente todo lo contrario de un totalitarismo, de un extremismo, si se consideran estos términos con las necesarias precisión y profundidad. No admite la relativización de los valores propia del progresismo, ni la estratificación de todas las formas existentes por el hecho de que lo sean. Justamente porque se afirma en algunos principios absolutos –absolutos y verdaderos– que son como la estructura de las sociedades y a su vez de los hombres que las integran, puede permitirse las más audaces innovaciones sin correr el peligro de provocar las catástrofes en cadena, las monstruosidades esclavizantes de la tecnocracia con que nos amenaza la Revolución con mayúscula.

Terminemos afirmando que esta adhesión indefectible a los principios que forman la estructura cultural del hombre, y unida a ella, la inteligente y desprejuiciada comprensión de la realidad, configuran toda actitud política valiosa.

* En Revista Jauja, N° 8, Agosto de 1967. 
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