«Formas – Seriedad – Izquierda y Derecha» - Francisco Seeber (1919–1989)
«...El nacionalismo se ha
negado siempre a encasillarse en alguno de los términos de la dicotomía
izquierda-derecha precisamente porque la considera falsa, es decir, generadora
de actitudes deformadas, parcializadas, de la conducta humana...».
Todo esto nos destruye y nos paraliza. Es mi convicción más
profunda, sin embargo, que abstracción hecha de todo análisis intrínseco y de
todo juicio de valor sobre ellas, las ideologías (y las anti-ideologías) son
concretamente aprovechadas como medio por lo que podríamos llamar empresas de
dominio, a veces claramente identificables en un imperialismo nacional, y otras
mucho más peligrosas, de límites imprecisos no tan fácilmente identificables, máxime
que a menudo se superponen en cierto modo a las primeras.
El instinto de dominación, individual o colectivo –natural
al ser humano puesto que es realmente «instinto» o impulso prerracional–, busca
probablemente la seguridad y la libertad de la persona o del grupo en la
sujeción de «los otros», que representan, siempre un daño potencial, una
esclavitud potencial. Forzar a los demás para imponerles en última instancia «nuestras»
formas, es la manera más definitiva de evitar que ellos nos impongan las suyas
(y «deformar» a la futura presa es provocar su indefensión, digamos volviendo a
lo que decíamos al principio). El instinto de dominación irrumpe en la
conciencia, se racionaliza y se articula en planes conducentes a realizarlo; y
después se pone en acto.
Cuando distinguimos al adversario que nos ataca y las armas que utiliza, la cosa podrá ser más o menos grave, pero está dada la primera e indispensable condición de la defensa. Hoy en cambio estamos siendo destruidos por un mal que no se advierte como tal, como no se advierte (lógica consecuencia) a sus concretos promotores. La deformación del hombre y de la cultura europeos es, sin embargo, efectivamente promovido y lo es con una coherencia que aun cuando no fuera resultado de un plan preestablecido, se logra en los hechos mismos; proceso tanto más grave cuanto que aprovecha para su desarrollo tendencias negativas naturales al hombre y a la sociedad.
Este no aprehender la realidad de las cosas serias parece ser muy especialmente característico de los argentinos. Aquí sabemos, desde luego, de una guerra en la cual –hace más de veinte años– murieron varios millones de personas; sabemos de otras guerras que de entonces a ahora se suceden sin solución de continuidad; de revoluciones, torturas, miserias y hecatombes de distinto tipo; todo eso lo leemos en los diarios, lo vemos en el cine y, por supuesto, ni se nos ocurre ponerlo ostensiblemente en duda. Pero en el fondo de nosotros mismos no podemos creer en todo eso, somos incapaces de sentirlo como real, se nos aparece como algo ficticio, como una novela, como algo poco serio en definitiva.
A1 igual que el gallego del cuento, puestos frente a un
hipopótamo sólo atinamos a pensar: «ese animal no existe»; aunque digamos lo
contrario.
Este desvalorar todo lo trágico, lo importante, lo
trascendental, lo profundo, lo serio –todo lo cual es considerado como una
mirada que oscila entre el pudor ofendido y el desprecio condescendiente–, para
valorar en cambio lo mínimo y fútil, constituye la más típica respuesta del necio
y del ignorante a los problemas que se sabe incapaz de resolver.
El conservador, por el contrario, está predominantemente
atento al deterioro de cuanto le circunda, desconfía de lo nuevo y tiende a
desconocer las condiciones positivas del hombre; para él siempre «cualquiera
tiempo pasado fue mejor», y su ideal consiste en inmovilizar mientras se pueda
y todo lo que se pueda.
Esta identificación izquierda-optimismo, derecha-pesimismo,
peca sin embargo de excesivamente esquemática (y un poco caricaturesca), y deja
de lado elementos fundamentales de ambas actitudes; por otra parte debe ser
tomada muy relativamente, porque en todo hombre coexisten en cierta medida el
optimismo y el pesimismo.
El nacionalismo se ha negado siempre a encasillarse en
alguno de los términos de la dicotomía izquierda-derecha precisamente porque la
considera falsa, es decir, generadora de actitudes deformadas, parcializadas,
de la conducta humana. En su aspiración al realismo político y en su sensata y
por ello exacta apreciación de la naturaleza del hombre –en la que se unen
tendencias al bien y al mal, capacidades e insuficiencias– rechaza tanto la revolución
permanente y omnicomprensiva como el conservadorismo indiscriminado, integrando
en cambio ambos elementos (reforma y tradición) en las proporciones exigidas
por la realidad del hombre y su circunstancia. Aquí se ve el fundamental
centrismo de la posición nacionalista, del que ya hemos hablado en otra
ocasión, que no es más que una lúcida apreciación de la realidad, tan alejada
del optimismo ingenuo cuanto de la estéril y decadente inmovilidad del
pesimista. A lo cual cabría denominar, indistintamente, optimismo o pesimismo
lúcido.
El nacionalismo pretende ser precisamente todo lo contrario
de un totalitarismo, de un extremismo, si se consideran estos términos con las
necesarias precisión y profundidad. No admite la relativización de los valores
propia del progresismo, ni la estratificación de todas las formas existentes
por el hecho de que lo sean. Justamente porque se afirma en algunos principios
absolutos –absolutos y verdaderos– que son como la estructura de las sociedades
y a su vez de los hombres que las integran, puede permitirse las más audaces innovaciones
sin correr el peligro de provocar las catástrofes en cadena, las
monstruosidades esclavizantes de la tecnocracia con que nos amenaza la
Revolución con mayúscula.
Terminemos afirmando que esta adhesión indefectible a los
principios que forman la estructura cultural del hombre, y unida a ella, la
inteligente y desprejuiciada comprensión de la realidad, configuran toda
actitud política valiosa.
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