«El arte de envejecer» - Gustave Thibon (1903-2001)

«...Al cerrarse el porvenir se abre la eternidad; la rueda de los días, al mismo tiempo que desgasta el cuerpo, debe agudizar el alma...»

La escena que voy a contar se sitúa en 1943. Era la época en que las restricciones alcanzaban su plenitud, o mejor, su vacío. Se había organizado en mi pueblo una verbena en la que se vendían, a beneficio de los prisioneros, dulces que no se encontraban desde hacía bastante tiempo y, en especial, maravillosos buñuelos de crema fabricados por los campesinos del lugar. Hacia el final del día llegó un viejo que se había arrastrado penosamente desde el pueblo vecino para gozar de esta insólita ganga. No hubo suerte: se acababan de vender los últimos buñuelos de crema. Y el pobre viejo, terriblemente decepcionado, se puso a llorar como un niño.

También yo tuve ganas de llorar, pues esta escena me hizo apreciar a lo vivo toda la miseria del hombre que no ha sabido envejecer. Y pensé en las amargas palabras de Sainte-Beuve: «No se madura; se endurece uno en ciertos lugares, se pudre en otros». De hecho, estos dos fenómenos están tan unidos que de ciertos viejos se dice indistintamente que están «endurecidos» o «reblandecidos».

Endurecidos en el sentido de que se han hecho indiferentes a su entorno, a la humanidad, a los grandes problemas de la existencia, y reblandecidos en el sentido de que son ridículamente sensibles a los menores incidentes que afectan sus costumbres, sus manías y sus caprichos. El viejo que lloraba por la falta de un buñuelo de crema no pensaba en los sufrimientos de los soldados y de los prisioneros, en los niños que morían de hambre y en todos los horrores de la catástrofe que trastornaba el universo.

Este caso límite presenta a cualquier hombre entrado en años un admirable ejemplo negativo, la imagen de lo que debe evitar, quiero decir.

El arte de saber envejecer se resume en una palabra: desprendimiento. Cuanto más viejo se es, menos derecho se tiene a ser egoísta. Pues el egoísmo de los jóvenes está siempre más o menos compensado por la generosidad y la inocencia del impulso vital, mientras que el egoísmo del viejo no es más que un resto inerte y estéril depositado por el reflujo. Balzac habla en alguna parte de esos viejos rostros en los que, de las antiguas pasiones, no subsisten más que «sus cuerdas y sus mecanismos». El desgaste sin la transparencia, el agotamiento sin la serenidad.

Se ha escrito que todos los dones de Dios son exigencias. La vejez no escapa a esta ley: es una gracia a la que hay que corresponder. Cuanto más largo es el camino de nuestra existencia, más debe alejarnos de nosotros mismos. Al cerrarse el porvenir se abre la eternidad; la rueda de los días, al mismo tiempo que desgasta el cuerpo, debe agudizar el alma.

Sólo así el viejo puede superar la gran tentación de su edad: arañar las cenizas de un fuego apagado, rumiar sin cesar el pasado, como los jóvenes se anticipan al porvenir. «Quisiera tener cinco años más, estar casada, tener hijos», me decía ayer una joven llena de vida y de impaciencia. Una hora más tarde me encontré con un viejo que suspiraba: «¡Ay!, ¡si tuviera veinte años menos!"

Se nos está machacando sin cesar que hay que «ser de su tiempo». Para un anciano, ser de su tiempo es vivir ya más allá del tiempo: es desprenderse de todo lo que muere para abrirse a la luz y al amor que no mueren. De esa manera, cualesquiera que sean las pruebas de la vejez, el hombre de edad sigue estando presente y acogiendo a todos los seres y a todas las edades, y cuando llega su última hora, muere vivo.

* En «El equilibrio y la armonía», Ediciones Rialp, Madrid, 1981, pp. 236-238.

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