En defensa del revisionismo
JULIO IRAZUSTA (1899 -1982)
Fue entonces cuando,
por la necesidad de explicarnos el engaño sufrido, volvimos nuestras miradas al
pasado. Lo que sabíamos de nuestra historia, lo aprendimos de los clásicos
nacionales Alberdi, Sarmiento, Mitre, Vicente Fidel López, quienes, debido a su
deficiente filosofía política y a las polémicas que los desgarraron, confundían
más de lo que adoctrinaban. Entretanto, habíamos leído atentamente los clásicos
mundiales de la materia: Aristóteles, Santo Tomás de Aquino, Maquiavelo, Burke,
Rivarol, los redactores de El
Federalista norteamericano. Con la clave que estos autores nos dieron,
repasamos nuestra historia, a la vez que leíamos por primera vez la Historia de la Confederación Argentina
de Adolfo Saldías. Esta obra, con su admirable exposición y sus riquísimos
apéndices documentales, nos aclaró el panorama. Casi de inmediato iniciamos la
reivindicación de Juan Manuel de Rosas, como el político de vocación más segura
y con mayor sentido del Estado en todo el curso de nuestra historia. Que la
opinión estaba desde antes madura para aceptar nuestras razones, lo prueba el
hecho de que, paralelamente a nuestras actividades intelectual y política,
muchos espíritus de las generaciones inmediatamente anteriores y de la nuestra
habían constituido sin contactos con nosotros una Junta Pro-Repatriación de los
restos de Rosas. Las dos corrientes se unieron en la fundación del Instituto de
Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas.
Apenas habíamos llegado
a las conclusiones expuestas en un Ensayo sobre el Año XX –incluido
en mis Ensayos históricos- aparecido en 1934, cuando el régimen
imperante a raíz de la revolución de 1930 quedaba radiografiado en el tratado
Roca-Runciman, que legalizaba la situación de hecho creada en el país desde
Caseros hasta los días en que con mi hermano Rodolfo escribíamos La
Argentina y el imperialismo británico, en 1935.
Entre unos y otros, los
colaboradores de la revista del Instituto Juan Manuel de Rosas, los que
publicamos libros políticos al cesar La Nueva República, los
fundadores de FORJA, e incluso algunos radicales del Comité Nacional, iniciamos
una revisión de la historia, la economía y las instituciones nacionales, como
no se lo había intentado desde la tenaz propaganda de los emigrados vencedores
de Rosas. Los frutos de esa actividad intelectual fueron: el Catilina –su
más alto exponente- de Ernesto Palacio, la Historia de los
ferrocarriles argentinos y Política británica en el Río de la
Plata de Scalabrini Ortiz, La Unidad Nacional de Font
Ezcurra, El Nacionalismo de Rosas de Roberto de
Laferrére, Acerca de una política nacional de Ramón Doll y
creo no ser en exceso jactancioso al decir que también nuestros libros, junto
con los innumerables trabajos de Tomás Casares, Julio Meinville, Leonardo
Castellani, César Pico, los Ibarguren, Ricardo Curutchet, Armando Cascella,
Pedro Juan Vignale, Jaime Gálvez y tantísimos amigos, algunos desaparecidos y
otros felizmente aún activos –que no tengo espacio para recordar–, produjimos
un corpus documental que ha transformado el pensamiento de la
nación. Ya desde 1940 los partidos políticos y aun los gobiernos debieron ir
reproduciendo en sus programas el conjunto de apreciaciones sobre el pasado y
la actualidad nacionales que habíamos expuesto en un sistema históricopolítico,
el más completo que se ha organizado en el país. Aunque fuera para desvirtuar
las mejores ideas y los mejores propósitos.
El revisionismo puede
estar orgulloso de su obra en el orden del pensamiento, si bien no ocurre lo
mismo en el de la acción. Sus ideas no se tradujeron en el mejoramiento de las
cosas nacionales. La crisis que anunció cuando el país parecía a cubierto de
todo riesgo, se ha agravado. Pero las soluciones propuestas por su ala política
(el nacionalismo en sus exponentes más juiciosos y menos sistemáticos) están al
alcance de quienes se propongan aplicarla. No son recetas infalibles. No las
hay. Como lo dijo uno de los grandes argentinos de pensamiento más hondo,
Indalecio Gómez, cuando le preguntaron si su reforma electoral era una panacea,
negándolo con estas admirables palabras: “Toda decisión política es una
opción entre dificultades”. Sencillamente. Porque como la actividad
práctica consiste en crear el futuro, y éste no es susceptible de conocimiento
científicamente cierto, no hay fórmulas seguras para acertar. El hombre de
acción que no tiene intuición del porvenir inmediato, ni imaginación de lo
hacedero en el momento que se decide, ni voluntad de hacer el bien, no acertará
jamás por más ciencia o técnica que crea tener.
Si el país insiste en
atenerse a la prédica de los seudoprofetas nacionales, vencedores de Rosas y
promotores de la organización nacional, a salvarse con las proposiciones del
pensamiento nacional, seguirá en el atolladero que aquéllos crearon.
Por lo que se refiere a
la figura de Rosas, en torno a la cual se centró el revisionismo
contemporáneo en sus comienzos, éste deberá proseguir el debate. Pues las malas
causas no se resignan a morir. No puedo sintetizar conclusiones expuestas, al
margen de varios volúmenes de documentos, en otros tantos de reflexiones sobre
los mismos. Únicamente aduciré, para terminar, los argumentos más probantes en
su favor: se mantuvo firme durante 17 años en el potro que desmontó a todos los
héroes de la emancipación; tuvo desde muy joven (1823) sentido de lo que
convenía a los intereses nacionales en materia diplomática; secundó la acción
de Estanislao López en su propósito de dar el apoyo que pedía la delegación del
Cabildo de Montevideo para expulsar a los usurpadores portugueses de la Banda
Oriental; contribuyó a la expedición de los 33 Orientales; resistió la
intromisión francesa en el Plata; aceptó el mayor desafío hecho al país por la
intervención anglo-francesa conjunta –desafío no resistido con éxito en ningún país
del mundo– y con motivo de tales acontecimientos reconoció a Oribe como
presidente legal del Uruguay y lo auxilió con una fuerza y una generosidad sin
ejemplo, en casos similares. Fue el único estadista argentino que tuvo diez mil
hombres armados, durante diez años, en la frontera oriental, para amparar al
Uruguay y a nuestro país de las amenazas portuguesas y extracontinentales. Y si
en medio de los interminables años de guerra no tuvo tiempo, según lo decía en
sus mensajes, hizo el mayor desarrollo ganadero conocido, aumentando la
exportación de lanas de tres mil libras de peso a tres millones en quince años,
y manejó las finanzas con tal vigor que si las agresiones resistidas por él lo
obligaron a un emisionismo forzoso, en cuanto logró la paz, enjugó en lo que
pudo las emisiones que la legislatura le permitió durante los conflictos y
regularizó la moneda como ningún gobierno contemporáneo.
* En «De la epopeya emancipadora a la pequeña Argentina», Buenos Aires, Dictio, 1979, pp. 211-214, originariamente publicado en «La Opinión» Buenos Aires, 29 de junio de 1977.
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