«Entrada en Jerusalén» - Mons. Fulton J. Sheen (1895-1979)

El Señor pasó su último sábado
en Betania, en compañía de Lázaro y sus hermanas. Ahora circulaba la noticia de
que nuestro Señor se dirigía a Jerusalén. Como preparación para su entrada,
Jesús envió a dos de sus discípulos a una aldea cercana, donde, les dijo,
encontrarían un pollino atado en el que ningún hombre se había sentado todavía.
Tenían que desatarlo y traérselo a Él.
Y si alguien os preguntare: ¿Por
qué le desatáis? Diréis así: Porque el Señor lo ha menester. Lc 19, 31
Quizá no se ha escrito nunca
una paradoja tan grande como ésta: por un lado, la soberanía del Señor, y por
la otra, su necesidad. Esta combinación de divinidad y dependencia, de posesión
y pobreza, era consecuencia de que la Palabra, o el Verbo, se hubiera hecho
carne. Realmente, el que era rico se había hecho pobre por nosotros, para que nosotros
pudiéramos ser ricos. Pidió prestado a un pescador una barca desde la cual
poder predicar; tomó prestados panes de cebada y peces que llevaba un muchacho
con objeto de alimentar a la multitud; tomó prestada una sepultura de la cual
resucitaría, y ahora tomaba prestado un asno sobre el cual entrar en Jerusalén.
A veces Dios se permite tomar cosas de los hombres para recordarles que todo
procede de Él. Para aquellos que le conocen, le es suficiente oír estas
palabras: «El Señor tiene necesidad de tal cosa».
Al acercarse a la ciudad, «una
gran muchedumbre» salió a su encuentro; en ella se encontraban no sólo los
ciudadanos, sino también los que habían acudido a la fiesta y, naturalmente,
los fariseos. También las autoridades romanas andaban vigilando durante las
grandes fiestas para que no se produjera ninguna insurrección. En todas las
ocasiones anteriores nuestro Señor rechazó el fácil entusiasmo del pueblo, huyó
de toda publicidad y evitó todo cuanto pudiera ser ostentación y exhibicionismo.
En cierta ocasión
Mandó a los discípulos que no
dijesen a nadie que Él era el Cristo. Mt 16, 20
Al resucitar de entre los
muertos a la hija de Jairo,
Les recomendó mucho que nadie lo
supiese. Mc 5, 43
Después de mostrar la gloria de
su divinidad en la transfiguración,
Les mandó que a nadie dijesen las
cosas que habían visto, sino cuando el Hijo del hombre se hubiese levantado de
entre los muertos. Mc 9, 8
Cuando las multitudes, después
del milagro de los panes, intentaban proclamarle rey:
Partió otra vez a la montaña, Él
solo. Jn 6, 15
Cuando sus parientes le pidieron
que fuera a Jerusalén y causara sensación ejecutando públicamente milagros, les
dijo:
Mi hora no ha llegado todavía. Jn
7, 6
Pero tan pública fue su entrada
en Jerusalén, que incluso los fariseos dijeron:
He aquí que el mundo se va tras él.
Jn 12, 19
Todo ello era algo opuesto a su
modo acostumbrado de proceder. Antes solía amortiguar todos los arrebatos de
entusiasmo de ellos; ahora los encandilaba. ¿A qué obedecía este cambio de
actitud?
Porque su «hora» había llegado.
Había llegado el momento de hacer por última vez pública afirmación de sus pretensiones.
Sabía que esto era un paso hacia el Calvario y hacia su ascensión al cielo y
establecimiento de su reino sobre la tierra. Una vez había reconocido las
alabanzas que ellos le tributaban, la ciudad se hallaba ante la alternativa de
confesarle como hizo Pedro o crucificarle. Se trataba de ver si era su rey o de
si no querían tener a otro rey más que al césar. Ninguna aldea de Galilea, sino
la ciudad real en tiempo de la pascua, era el lugar más indicado para que Él hiciera
su postrera proclamación.
Atrajo la
atención hacia su realeza de dos maneras: primeramente por medio de una profecía familiar al
pueblo, y en segundo lugar por los honores divinos que se le estaban tributando
y que Él aceptaba como propios.
Mateo declara de manera
explícita que aquella solemne procesión fue para que se cumpliera la profecía
de Zacarías:
Decid a la hija de Sión: He aquí
que tu rey viene a ti, manso, sentado sobre un asno. Mt 21, 5
La profecía venía de Dios por
medio de su profeta, y ahora el mismo Dios la estaba cumpliendo. La profecía de
Zacarías tenía por objeto hacer ver el contraste entre la majestad y la
humildad del Salvador. Si contemplamos los antiguos relieves de Asiría y
Babilonia, de Egipto, de Persia y Roma, nos sorprende ver la majestad de los
reyes, que cabalgaban triunfalmente montados en caballos o carros de guerra, e
incluso a veces sobre los cuerpos de sus postrados enemigos. En cambio,
contrasta con ellos el Rey que hace su entrada en Jerusalén montado en un asno.
¡Cuánto debió de reírse Pilato, si es que desde su fortaleza contempló aquel
día el ridículo espectáculo de un hombre que estaba siendo proclamado rey y,
sin embargo, hacía su entrada montado en la bestia símbolo de los seres despreciados,
vehículo adecuado para uno que cabalgaba hacia las fauces de la muerte! Si
hubiera entrado en la ciudad con el fausto y la pompa de los vencedores, habría
dado ocasión para que creyeran que era un Mesías político. Pero la
circunstancia que Él eligió corroboraba su afirmación de que su reino no era de
este mundo. Nada había en aquella entrada que sugiriera que aquel pobre rey
fuese un rival del césar.
La aclamación de que le hizo
objeto el pueblo fue otro modo de reconocer su divinidad. Muchas personas
extendían sus vestidos por donde había de pasar Jesús; otros cortaban ramas de
olivo y de palma y las esparcían a su paso. El Apocalipsis habla de una gran
muchedumbre delante del trono del Cordero, con palmas de victoria en las manos.
Aquí las palmas, tan a menudo usadas en toda la historia del pueblo judío para simbolizar
la victoria, como cuando Simón Macabeo entró en Jerusalén, daban testimonio de
su victoria, aun antes de quedar momentáneamente vencido.
Luego, citando unos versículos
del gran Hillel referentes al Mesías, las multitudes le seguían gritando:
¡Bendito el rey que viene en el
nombre del Señor! Paz en el cielo, y gloria en las alturas! Lc 19, 38
Al admitir ahora que era el
enviado de Dios, repetían en realidad el cántico de los ángeles en Belén, ya
que la paz que Él traía era la reconciliación del cielo y la tierra. También se
repetía la salutación que los magos hicieron ante el pesebre: «el rey de
Israel». Un nuevo cántico fue entonado mientras clamaban:
¡Hosanna
al Hijo de David! ¡Hosanna en las alturas! Mt 21, 9
¡Rey de Israel! Jn 12, 13
Él era el príncipe prometido de
la línea de David; el que venía con una misión divina. «Hosanna», que
originariamente era una plegaria, se convertía ahora en un saludo triunfal de
bienvenida al rey salvador. Aunque no entendían cabalmente por qué había sido
enviado, ni qué clase de paz venía a traer, confesaban, sin embargo, que
Jesucristo era un ser divino. Los únicos que no participaban de las
aclamaciones de entusiasmo eran los fariseos.
Algunos de los fariseos de entre el
gentío le dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos. Lc 19, 39
Era algo insólito que se
dirigieran a Jesús, ya que estaban disgustados con Él por el homenaje de que le
hacía objeto la muchedumbre. Con terrible majestad, nuestro Señor les
respondió:
Os digo que si éstos callasen, las
piedras clamarían. Lc 19, 40
Si los hombres callaran, la
naturaleza misma gritaría y proclamaría la divinidad de Jesucristo. Las piedras
son duras, incluso ellas podrían clamar, ¡cuánto más duros deben ser entonces
los corazones de los hombres que no reconocen la bondad de Dios para con ellos!
Si los discípulos callasen, nada ganarían con ello los enemigos, puesto que las
montañas y los mares proclamarían la verdad.
La entrada había sido triunfal,
pero Jesús sabía muy bien que los «hosannas» se convertirían en
«¡crucifícale!», y las palmas se volverían lanzas. En medio de los gritos del
pueblo, Jesús pudo percibir lo que murmuraba un Judas y las voces airadas que
se levantarían delante del palacio de Pilato. El trono al que Él era exaltado
era una cruz, y su coronación real sería una crucifixión. A sus pies extendían
vestidos, pero el viernes le serían negados incluso los suyos propios. Desde un
principio sabía lo que había en el corazón del hombre, y nunca sugirió que la redención
de las almas humanas hubiera de realizarse por medio de una pirotecnia de
palabras. Aunque era rey, y aunque ellos le aceptaban ahora como rey y Señor,
Él sabía que la bienvenida que como Rey podía esperar era el Calvario.
Sus ojos estaban arrasados en
lágrimas, no a causa de la cruz que le aguardaba, sino debido a los males que
amenazaban a aquellos que había venido a salvar y que no querían saber nada de
Él.
Al contemplar la ciudad,
Lloró sobre ella, diciendo: ¡Oh si
hubieras conocido tú, siquiera en este tu día, el mensaje de paz! ¡Mas ahora
está encubierto a tus ojos! Lc 19, 41-42
Vio con exactitud histórica cómo
se abatían sobre la ciudad las fuerzas de Tito, a pesar de que los ojos que
estaban contemplando el futuro se hallaban empañados por las lágrimas. Habló de
sí mismo como si hubiera querido y podido evitar aquellos males recogiendo a
los culpables bajo sus protectoras alas, tal como la gallina protege a sus
polluelos, pero ellos no habían querido. Como el prototipo del gran patriota de
todos los tiempos, miraba más allá de los propios padecimientos y fijaba los
ojos en la ciudad que se negaba al Amor. Ver el mal y no poder remediarlo,
debido a la humana perversidad, constituye la mayor de las angustias. Ver la maldad
y no poder apartar al malhechor de su camino es suficiente para desanimar a
cualquiera. Un padre siente que se le parte el alma de angustia al ver el mal
comportamiento de su hijo. Lo que hacía asomar las lágrimas a los ojos de Jesús
eran los ojos de los que no querían ver y los oídos de los que no querían oír.
En la vida de cada individuo y
en la de cada nación hay tres momentos: un momento de visitación o privilegio,
en que Dios derrama sus bendiciones; un momento de rechazamiento, en que los hombres olvidan a Dios; y un momento de condenación y desastrosa calamidad, consecuencia de las decisiones humanas que demuestra que el mundo está guiado por la presencia de Dios. Las lágrimas de Jesús sobre Jerusalén mostraban a Jesús
como el Señor de la historia, dando su gracia a los hombres y, sin embargo, sin
destruir jamás su libertad de aceptarla o rechazarla. Pero, al desobedecer su
voluntad, los hombres se destruyen a sí mismos; al darle muerte, mataban sus
propios corazones; al negarle, llevaban a la ruina su propia ciudad y su propia
nación. Tal era el mensaje de sus lágrimas, las lágrimas del rey que caminaba
hacia la cruz.
* En «Vida de Cristo», Editorial
Herder – Barcelona, España – 1959, pp.348-353.