Sobre la Inteligencia Argentina (II)
LEOPOLDO MARECHAL (1900-1970)

Llamará quizás la atención del lector el contenido de esta segunda parte del artículo de Marechal, en la medida en que el autor vislumbra en la Argentina el inminente y seguro derrumbe del «sentimentalismo romántico» frente a la «inteligencia clásica», respecto de la cual ve un esperanzador resurgir; circunstancia por cierto que pronto, y una vez más, se vio frustrada. Debe considerarse, empero, que estas líneas fueron escritas en 1941 cuando, en rigor, la labor intelectual que venía desarrollándose en el país permitía presumir, ciertamente, la real restauración de «la inteligencia argentina». (N. de «Decíamos ayer...»)

[...]
LA INTELIGENCIA ARGENTINA
Estimado amigo, creo haber esbozado el drama de la inteligencia occidental y sus funestas proyecciones en la edad que nos toca vivir. Consideraré ahora la inteligencia argentina y su posición en el drama. Dije ya que la inteligencia argentina, en razón de su origen, es una inteligencia clásica. Cierto es que durante su formación, en los tres siglos de vida colonial, se consuman los dos primeros actos del drama, el Renacimiento y la Reforma; pero no influyen en la inteligencia argentina, porque, además de clásica, es una inteligencia hispánica, y porque España, frente a la heterodoxia que se abre paso, no sólo guarda fidelidad a los principios eternos, sino que se constituye, como tantas otras veces, en su depositaria y campeona.
Llegamos así al momento en que nuestro país decide su independencia, y en ese instante una perspectiva natural, clara y segura se abre ante los ojos de la inteligencia argentina: la de continuar, como hija libre y heredera legítima, una tradición que, por ser universal, no sólo no compromete la independencia del estado naciente, sino que orienta sus pasos en el camino verdadero. En una palabra, la inteligencia argentina tiene en aquel instante la oportunidad de florecer y fructificar por su cuenta dentro de aquella tradición, hasta conseguir el acento propio y la propia superación gracias a los cuales un hombre o un pueblo «merece» su independencia.
Tal era el rumbo natural de la inteligencia argentina, y sin duda lo habría seguido, si no hubiera mediado una fatalidad de fechas: nuestro movimiento nacional coincidió con la Revolución Francesa, tercer acto del drama, por el cual el sentimentalismo romántico decidió llegar al extremo de sus conclusiones. Justo es decir que la Revolución Francesa estaba en su fase inicial, la fase poética de todas las revoluciones, la que fascina la imaginación y alborota el sentimentalismo de los ingenuos; no es asombroso, pues, que desde los primeros días de Mayo los ingenuos de buena fe y los que no lo eran sacrificasen ante los nuevos ídolos[1]. La inteligencia argentina renunció así a una herencia que significaba su libertad, para dedicarse a la mímesis de todas las experiencias que realizaba en Europa el error estilizado hasta la locura. Y así dio en la más fea de las servidumbres: la servidumbre de los malos imitadores.
Con todo, la apostasía de nuestra inteligencia estuvo lejos de ser total: hay una corriente ortodoxa de la inteligencia argentina, una corriente cuyo paso a través de los acontecimientos históricos es visible, yo diría espléndidamente visible. Y diría más: que en todas las circunstancias de riesgo por que atravesó el país durante su breve historia, fue una reacción de su inteligencia clásica la que lo puso en salvo, hecho significativo que nos hace alentar las mejores esperanzas en lo que atañe al futuro. Discernir el cauce de dicha corriente a través de nuestra historia es un trabajo que me gustaría ver cumplido por los historiadores de la nueva generación: comienza por el conflicto entre Saavedra y Moreno, en el cual el tradicionalista Saavedra es un exponente de la inteligencia clásica, y donde Moreno se clasifica en el sentimentalismo romántico al pretender encarnar aquí y ahora, una ideología que recién abandonaba en Europa, y no sin dificultades, el Parnaso teórico de la revolución. La corriente se hace visible luego en la gesta de San Martín, después en la de Rosas; y no deja nunca de manifestarse, triunfante unas veces, derrotada casi siempre, en todo lugar y tiempo en que la verdad y el orden necesitan ser defendidos (pienso ahora en aquel famoso debate que precedió a la ley de enseñanza laica, y en el cual resonó con tanta dignidad la voz de los sobrios entre la algarabía de los ebrios).
Si no anulada, la inteligencia argentina quedó vencida al fin por el sentimentalismo romántico. El país nació con ese «pecado original» de su inteligencia, y en él vivió hasta convertirse en lo que hoy es: la Pequeña Argentina.

RECUPERACIÓN DE NUESTRA INTELIGENCIA
Los términos «recuperar» y «restaurar», aplicados a las cosas argentinas, aparecen hoy a menudo en los labios de la nueva generación, revelando una conciencia de que algo fundamental se ha perdido en la Argentina, un «algo» que urge recuperar y restaurar. Y me parece que ninguna obra es tan urgente como la restauración de nuestra inteligencia, pues, en cuanto se haya conseguido, todas las recuperaciones invocadas se lograrán igualmente.
Buenos auspicios tiene ahora este trabajo de recuperación intelectual. Dije que la inteligencia argentina es esencialmente clásica, y la historia nos ha enseñado que en ese linaje de inteligencias los desvíos y apostasía no tienen larga duración. Por otra parte, varios ejemplos denuncian en nuestra historia esa capacidad de reacción que tiene la inteligencia clásica, dormida en apariencia, frente a las crisis extremas y a los peligros inminentes. Es innegable, además, que delante de nuestros ojos se derrumba hoy, en proporciones catastróficas, toda la máquina del sentimentalismo romántico: nunca se vio tan claramente como ahora la relación entre causa y efectos, y pocas veces en la historia se han escuchado tan aleccionadores mea culpa como los que hoy llegan a nuestros oídos. Digamos también, y con legítimo orgullo, que la restauración de la inteligencia argentina no ha esperado la lección de allende para iniciarse: comenzó hace no pocos años con el estudio y la meditación de una fuerte minoría, y se traduce ahora en una generación cuya palabra está pesando demasiado en las antiguas y duras orejas.

LA GRANDE ARGENTINA
Estimado amigo, la obra de recuperación está en marcha. Cuando se cumpla esa obra y nuestra inteligencia gobierne otra vez las cosas argentinas, habrá que cumplir una etapa fundamental e iniciar otra de duración indefinida: 1ª) la de reconquistar nuestra independencia; 2ª) la de merecerla. Porque no basta llegar a ser libres: es necesario merecerlo. El que conquista su libertad y no la retiene con actos continuos de merecimiento, no tarda en hacer mal uso de ella y cae al fin en las peores servidumbres. La primera etapa no será difícil de cumplir, pero la segunda exigirá una tensión constante del país hacia la grandeza, con lo cual dará su acento propio, será verdaderamente libre y merecerá serlo. Entonces, y sólo entonces, veremos asomar el perfil de la Grande Argentina, la prometida de nuestra esperanza, la que alienta ya, con dolores de parto, en el entendimiento y en la voluntad de muchos argentinos.
Su afectísimo
L. M.
                   
* En «Nueva Política», Buenos Aires, 4 de septiembre de 1941; y reproducido en «Leopoldo Marechal, Obras Completas, T° V», Ed. Libros Perfil, Buenos Aires - 1998, p.313/319.



[1] En la Exposición del Libro, que se realiza actualmente, hay un ejemplar de El Contrato Social de Rousseau, impreso en Buenos Aires en 1810, al mismo año de nuestra revolución.