«En el Tercio de Nuestra Señora de la Merced» - Sixto de la Calle Jiménez (1917-2017)
En el excelente libro «Requetés - De las trincheras al olvido», publicado en 2011, sus autores Pablo Larraz Andía y Víctor Sierra-Sesúmaga, lograron reunir a partir del fin de los años 90 y hasta 2010, en un intenso pero fructífero trabajo, el testimonio de un gran número de excombatientes carlistas aún vivos. Uno de estos testimonios, no obstante ser todos atractivos e interesantes, es el que hoy publicamos. Su autor, que vivió hasta los 99 años de edad, nos transmite, en primera persona, lo vivido durante aquellos años de Cruzada Española.
Mi padre, Federico de la Calle
Corrales, era natural de Ubrique, un pueblo que se aparece al viajero como una
llama de blancura y de cal al fondo de un valle coronado de altísimas montañas
en la serranía gaditana. Hasta que Dios le llamó a su presencia en el año 1937,
fue un hombre muy inteligente, tenaz, cristiano, honrado y trabajador
incansable, primero al frente de una fábrica de alcoholes y bodega de vinos en
Valdepeñas, y después en la dirección de importantes empresas vinícolas y
agrarias en Jerez de la Frontera.
Se había casado en Valdepeñas
con mi madre, Consuelo Jiménez Morcillo, una mujer bella y dotada de esas
virtudes que caracterizan a las gentes castellanas. De su matrimonio nacieron
siete hijos, tres hembras y cuatro varones, de los que fui el más pequeño.
Durante mi adolescencia y
juventud en la Segunda República viví jornadas dramáticas, que hicieron que
muchos hombres de mi generación sintiéramos una profunda inquietud por
encontrar sistemas políticos que nos hicieran salir de la trágica situación que
vivía España. Nos hicimos adultos anticipadamente, porque los días que vivíamos
nos obligaban a interesarnos, en una especie de autodefensa, por salir de una
peligrosa anarquía. Desde que el Frente Popular se adueñó del poder, una
situación caótica se apoderó de España. La quema de iglesias y conventos, la
expulsión de los jesuitas, las expropiaciones de fincas, la persecución a la
Iglesia, los atracos a quienes llevaban al campo los jornales de los empleados,
la absoluta falta de garantías del orden y de la seguridad personal... y como
culminación el asesinato de don José Calvo Sotelo, perpetrado precisamente por
las mismas fuerzas que deberían proteger la vida y la hacienda de los
españoles, nos convencieron a muchos de que había que luchar para defender los valores
que el gobierno de la República Española pretendía destruir.
Siendo muy joven —tendría
entonces unos 17 años—, asistí con mi padre y mi hermano José María a un mitin
preelectoral en el teatro Eslava de Jerez, en el que, entre otros oradores,
intervino José Antonio Primo de Rivera. Recuerdo que hizo un discurso magnífico,
expresivo, dicho con elegancia y un apasionado amor a España, y terminó su
disertación recordando al primer caído de Falange Española. Mi hermano José
María y yo salimos entusiasmados, y dos días después acudimos a la sede de
Jerez para afiliarnos a Falange Española. Creo que fuimos de los primeros, y
nuestros carnés pienso que tendrían los números veintitantos cada uno.
Después de aquello, recuerdo que
leí muchas obras que me convencieron de que la doctrina política
tradicionalista, condensada en el lema de «Dios, Patria y Rey», podía
constituir la solución a los problemas que padecía —y sigue padeciendo— nuestra
España. Leí mucho, y aprendí de memoria párrafos enteros de la Defensa de la
Hispanidad de Ramiro de Maeztu, los discursos parlamentarios de Vázquez de
Mella o El Estado Nuevo de Víctor Pradera. Aquellas lecturas, unidas a
mis conversaciones con Pedro Lacave Patero, veterano y distinguido miembro de
la Comunión Tradicionalista, me llevaron a relacionarme con los
tradicionalistas y luego a incorporarme a ellos.
Ante el peligro evidente de
nuevos intentos de asaltos y quema de conventos y de iglesias, el Requeté de
Jerez creó para su defensa armada un grupo de jóvenes que, para organizarnos,
solíamos reunirnos en casa del carlista jerezano Antonio Romero Valdespino, en
la calle Pedro Alonso. Allí solíamos estar Pedro Lacave, su hermano Rafael
—casi un niño—, los Manrubia, Troncoso, El Vasco, los hermanos Chacón, Juan
Manuel Centeno, Baldomero García, Victoriano Ruiz, Rafael Cotro, los hermanos
Arredondo Sierra y varios jóvenes más cuyos nombres se me pierden en el campo
dilatado de unos recuerdos tan viejos.
Como anécdota curiosa, recuerdo
haber acompañado un día, a plena luz, por el centro de Jerez a Pedro Lacave
portando una gran pistola. Él llevaba el arma en el bolsillo, mientras que yo
tenía los míos llenos de cajas de munición. No recuerdo por qué causa, al pasar
justo delante de un guardia municipal, se me cayeron al suelo varias balas. La
indignación de Pedro por mi falta de prudencia fue enorme, pero la cosa se
calmó bastante cuando el guardia municipal, diligentemente, me ayudó sin
protesta ni denuncia a recoger la munición esparcida por el suelo.
También recuerdo que, formando
parte de esa organización, el día 1 de mayo de 1936 pasé toda la tarde y buena
parte de la noche en el convento de las Reparadoras, situado enfrente de la
calle Justicia, donde estaba entonces la Casa del Pueblo. Provistos de toda
clase de armas, algunas bien anticuadas, pasamos expectantes las horas un grupo
de requetés entre los que se encontraban Enrique Insi, los hermanos Chacón y un
veterano apellidado Reyes. Afortunadamente, el temido asalto no se llegó a
producir.
Otros compañeros tuvieron peor
suerte: a Pedro Lacave, Manrubia, Troncoso y El Vasco, les tocó intervenir para
impedir el asalto y la quema del convento de San Francisco por las turbas
enloquecidas. Hasta hace muy pocos años, en una de las columnas del convento
todavía aparecían las huellas de algunos disparos de aquel día. Quizá a
consecuencia de esta actuación, o por sus propagandas tradicionalistas,
Manrubia, Troncoso, Antonio Molle Lazo[1],
Manuel Guerrero Lassaletta y El Vasco fueron encarcelados poco después, y así
permanecieron hasta el 18 de julio de 1936, cuando fueron liberados para unirse
al Requeté de Jerez.
Y llegó el Alzamiento Nacional,
lo que para nosotros era una auténtica cruzada. Todos los requetés nos
presentamos voluntarios en el Cuartel de Caballería de Jerez. Recuerdo que allí
el comandante militar me entregó un documento por el que se me autorizaba a
utilizar un revólver plateado muy bonito que, con profunda emoción, me había
entregado mi anciano padre antes de salir de casa. En la llamada plaza del
Banco se reunieron entonces las fuerzas vivas de la población, y desde allí nos
repartimos por la ciudad con diferentes misiones.
Cierro los ojos y me veo con mi
amigo Pedro Lacave en una esquina de la céntrica calle Tornería, hechos dueños
de la ciudad y poniendo manos arriba a los escasos transeúntes para cachearlos
y asegurarnos de que no portaban armas.
Como primer acuartelamiento del
Requeté de Jerez nos designaron unas antiguas cuadras del cuartel. A él
concurríamos a diario vistiendo ya la camisa caqui y la boina roja, para
ponernos a disposición de la autoridad militar. En una de aquellas jornadas, conversando
con Antonio Molle Lazo —creo que entonces lucía una poblada barba que se había
dejado crecer durante su cautiverio—, frente a mi parecer optimista de que «la
guerra iba a durar muy poco tiempo», él, por el contrario, mantenía que iba a
ser larga.
Luego se organizó ya el Tercio
de Nuestra Señora de la Merced, que estableció su acuartelamiento en plena
calle Larga jerezana. Allí, al mando de don Francisco Zuleta, duque de Abrantes
—un excelente militar que nos enseñó mucho de táctica guerrera—, hacíamos la
instrucción al mismo tiempo que actuábamos en salidas a diferentes lugares de
la provincia.
Salíamos en dos o tres camiones,
subidos en sus bateas y entonando alegremente durante el trayecto nuestras
canciones de guerra. Hicimos varias descubiertas por los alrededores de Jerez,
entre ellas una a Alcalá de los Gazules y a La Línea de la Concepción, de la
que conservo una fotografía junto a mis amigos Pedro Guerrero González, Manuel
Delgado Hernández y Manuel Guerrero Lassaletta.
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| Antonio Molle Lazo |
Mientras
tanto, a mi hermano José María, que vivía en Madrid desde antes de la guerra y
se estaba preparando en la Academia Torres —dirigida por una personalidad de la
derecha española— para su ingreso en la Academia Militar, el Alzamiento
Nacional le sorprendió en la capital de España. Rápidamente, tuvo que abandonar
su residencia en el centro donde estudiaba para refugiarse en una pensión.
Detenido, lo llevaron preso a la Cárcel Modelo y fue asesinado la noche del 6
al 7 de noviembre en Paracuellos del Jarama con otras 600 víctimas ejecutadas
en aquella misma jornada. Dios los tenga en su gloria.
Por mi parte, sin tener noticias
de mi hermano, como tenía la ilusión de hacerme oficial de complemento, a los
pocos meses de iniciado el Alzamiento, me presenté voluntario en el Regimiento
de Artillería de Costa, y en él pasé por diferentes grados y nombramientos
hasta llegar a teniente de complemento del arma de Artillería, como aparezco en
mi antiguo carné militar.
Después de una estancia en
Tarifa con el regimiento, sentía la inquietud de vivir tan pacíficamente
mientras que los de mi edad estaban batiéndose en combate, así que me presenté
voluntario para que me destinaran al frente de batalla.
Conseguí un destino, ya como
brigada de Artillería, con el comandante Durán en el Regimiento de Artillería
Ligera de Granada, donde teníamos dos baterías emplazadas entre Lanjarón y de
Costa. Enfermó nuestro comandante y me volvieron a enviar a Cádiz al Regimiento
de Artillería.
Otra vez me ofrecí voluntario
para una unidad en el frente, y esta vez me enviaron a Peñarroya. Allí
permanecimos hasta enero de 1939, en que la ofensiva de los rojos en la que
tomaron Fuenteovejuna dejó prácticamente cercada a nuestra batería antiaérea, e
incluso llegamos a tener las piezas cargadas con dinamita para destruirlas
antes de que pudieran caer en poder del enemigo. Nos retiramos a Bélmez, y
estando allí terminó la guerra. Fue entonces cuando, desde mi casa, tal vez mi
madre, me dieron a conocer la muerte en Paracuellos de mi hermano José María.
Hubo también durante la guerra
otro hecho trascendental para mi vida: el día 2 de julio de 1936 me presentaron
a una preciosa jovencita de 16 años, casi una niña, que Dios puso en mi camino.
Se llamaba Carmen Vergara Fernández de Bobadilla, de una familia de rancio
abolengo carlista. Nos hicimos novios casi enseguida y durante toda la guerra
mantuvimos una larga comunicación epistolar.
Por todo lo que antecede, mi
intervención en el Tercio de Requetés de Nuestra Señora de la Merced de Jerez
se limitó a los primeros meses, y no tuve ocasión de participar en los grandes
combates que libró en el frente de Córdoba, por los que obtuvo dos medallas
militares colectivas en las acciones de Porcuna y Villanueva del Duque.
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| De izq. a der. Pedro Guerrero González, Manuel Guerrero Lassaletta y Sixto de la Calle Jiménez |
Terminada
la guerra, Carmen Vergara y yo contrajimos matrimonio el 5 de junio de 1941 y
durante 67 años hemos vivido una vida llena de amor y felicidad. De nuestro
matrimonio nacieron 15 hijos, 38 nietos y 28 bisnietos. Ella, que siempre me
acompañó en mis afanes, preocupaciones y trabajos, respecto a mis ideales
tradicionalistas y a la profesión de abogado que todavía ejerzo a los 92 años,
se me fue al cielo apaciblemente el día 22 de febrero de 2008.
Ahora, recordando esos años
convulsos, puedo asegurar que yo no fui, ni en los
tiempos de la Segunda República ni en nuestra guerra, lo que se llama un héroe,
sino simplemente un joven español que, consciente de la situación y de sus
obligaciones, procuró simplemente cumplir con Dios, con la Patria y con el Rey.
Transcurrido tanto tiempo, se han producido muchas lagunas en mi memoria
difíciles de rellenar, pero puedo asegurar que mantengo
íntegros mis ideales tradicionalistas y el espíritu de cruzada con el que salí
voluntario el 18 de julio de 1936 en el glorioso Tercio de Requetés de la
Virgen de la Merced. Mientras me queden salud y fuerzas, seguiré año tras año
dando escolta en la procesión a la patrona de Jerez con el banderín del tercio,
del que, tal vez, sea yo mismo, Sixto de la Calle, el único superviviente.
* En «Requetés. De las trincheras al olvido», Ed. «La esfera de los libros», 2011, y publicado con la ayuda generosa de la «Fundación Ignacio Hernando de Larramendi», pp.559-564.
[1]
Sobre la vida y muerte martirial de
Antonio Molle Lazo, existe un excelente
libro: «Antonio Molle Lazo (1915-1936). Juventud, ideales y
martirio», escrito por el P. Santiago Cantera Montenegro, O.S.B, quien fue hasta el año 2005 Prior de la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. El
libro fue editado por Ediciones Scire, de Barcelona, España, en 2009, y en
estos días se ha realizado una nueva edición actualizada, por Homo Legens (Nota
de «Decíamos ayer...»).
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