«Prólogo a “El Kahal-Oro”» - Gustavo Martínez Zuviría (Hugo Wast) (1883-1962)
He aquí una publicación que, escrita en 1935, resulta de gran actualidad. Debido a su extensión sólo publicamos aquí la primera parte de este prólogo. Pero ponemos a disposición del lector que lo desee, su texto completo –cuya esclarecedora lectura recomendamos vivamente–, el cual podrá descargarse al pie de la página.
Hace muchos años, en mi mocedad, escribí una novelita con el título de El Judío, para no recuerdo qué revista española.
Me la devolvieron sin
publicarla, y me dieron como razón de no aceptarla el que la obrilla defendía a
los judíos, al presentar como injusto el común recelo de las gentes contra la
raza judía.
Es posible que esta explicación
no fuese más que un pretexto para devolverme la historieta, que, ciertamente, era
muy malucha. Pero es seguro también que tal excusa no se le hubiera ocurrido en
aquel tiempo a ninguna revista argentina. Entonces no sabíamos aquí de los
judíos más que lo que nos contaban los libros de Europa.
El episodio sólo sirvió para
enardecer en mi joven corazón una romántica simpatía hacia el pueblo más
perseguido de la historia.
No se me ocurrió pensar que
aquella prevención, a mi juicio señal de intolerancia y de atraso, podía tener
motivos que aún ignorábamos en la tierra argentina.
El judío era para nosotros uno
de los tantos extranjeros, que la excelencia del clima, la fecundidad del
suelo, la dulzura de las costumbres y la generosidad de las leyes, atraen a
nuestras playas indefensas.
Ni más ni menos que el francés,
el alemán, el italiano o el español.
Nos vanagloriábamos de nuestros
doscientos o trescientos mil inmigrantes anuales.
Teníamos confianza ilimitada en
la poderosa pepsina de esta tierra, capaz de asimilar los alimentos más
heterogéneos. Y con pueril satisfacción comprobábamos que nuestra literatura
era francesa; nuestra filosofía, alemana; nuestra finanza, inglesa; nuestras
costumbres, españolas; nuestra música, italiana; nuestra cocina, de «todos los
países de la tierra», como dice la Constitución.
En suma, no se advertía aquí
malquerencia al extranjero; más bien lo contrario: una debilidad por las ideas
y los gustos de afuera. Y el judío era un extranjero como los demás.
Han pasado treinta años.
Seguimos creyendo que aquí no existe un problema inglés, ni francés, ni alemán,
ni español, ni italiano. Pero ya no pensamos igual respecto de los judíos.
A nadie se le ocurre fundar
periódicos para atacar ni defender, por ejemplo, a los vascos o a los
irlandeses.
Pero todos los días vemos
diarios y revistas cuyo principal propósito, disimulado o no, es atacar o
defender al judío.
¿Qué significa eso? Significa
que este país, a pesar de que no tiene prejuicios de raza, ni prevenciones
xenófobas, no ha podido comprar la paz interior, ni con su hospitalidad sin
tasa, ni con la generosidad hasta el despilfarro de su riqueza y de sus puestos
públicos y aun de su ciudadanía, y ha visto nacer el conflicto de que no se ha
librado ningún pueblo, en ningún siglo: la cuestión judía.
Efectivamente, releyendo la historia,
penetrando hasta en los tiempos más remotos, observamos este hecho singular: en
todas partes el judío aparece en lucha con la nación en cuyo seno habita.
Mil novecientos años antes de la
era cristiana los israelitas se establecen en Egipto, conducidos por Jacob.
Siglos después, el faraón se
alarma y dice: «He aquí que los hijos de Israel forman un pueblo más numeroso y
fuerte que nosotros. ¡Vamos! Tomemos precauciones contra él, porque si
sobreviene una guerra, se podrían unir con nuestros enemigos y combatirnos»[1].
Ni la hospitalidad de
cuatrocientos años, ni la multitud de generaciones nacidas en el propio Egipto,
habían convertido a los israelitas en ciudadanos de la nación. Seguían siendo
extranjeros, y el faraón temía que, en caso de guerra, se aliasen con los
enemigos del suelo donde habían nacido.
Esto desencadenó la primera
persecución antisemita de que habla la historia. Se impusieron a los hebreos
las más rudas tareas y toda clase de servidumbres, y, como no bastara a
disminuirlos, el faraón llamó a las parteras y les ordenó que mataran a los niños
recién nacidos, y discurrió otras iniquidades, que provocaron la cólera de
Dios.
Sobrevinieron las diez plagas de
Egipto, y los hebreos emigraron en masa, conducidos por Moisés, hacia la tierra
prometida.
En el quinto siglo antes de
nuestra era, los vemos en Persia, bajo el reinado de Jerjes I, que es el Asuero
de la Biblia, conforme al Libro de Esther.
El decreto en que el rey manda a
los sátrapas y gobernadores de sus ciento veintisiete provincias pasar a degüello
a todos los hebreos, hombres y mujeres, viejos y niños, desde la India hasta la
Etiopía, se fundó en una acción que honra a Mardoqueo, el judío que no quiso
doblar su rodilla delante de Amán, primer ministro.
Pero la terrible carta de Asuero
merece transcribirse
«Hay un pueblo malintencionado,
mezclado a toda tribus que existen sobre la tierra, en oposición con todos
pueblos en virtud de sus leyes, que desprecia continuamente el mandato de los
reyes e impide la perfecta armonía del imperio que dirigimos. Habiendo, pues,
sabido que este único pueblo, en contradicción completa con todo el género
humano, del cual lo aparta el carácter extraño de sus leyes, mal dispuesto
hacia nuestros intereses, comete los peores excesos e impide la prosperidad del
reino, hemos ordenado... que sean todos, con mujeres e hijos, radicalmente
exterminados por la espada de sus enemigos, sin ninguna misericordia, el decimocuarto
día del mes de Ader, del presente año»[2].
Es sabido cómo la reina Esther,
que era judía, consiguió de su esposo, el rey Asuero, la anulación del
espantoso mandato.
Mil años antes de Cristo, bajo
el reinado de Salomón, hallamos israelitas hasta en España (Tarsis), encargados
de proveerle de oro y de plata[3].
Y Estrabón, en el primer siglo
de nuestra era, afirma «que sería difícil señalar un solo sitio en la tierra
donde los judíos no se hayan establecido poderosamente».
En todas partes proceden igual,
forman un estado dentro del Estado, se infiltran en las leyes y en las
costumbres y acaban por provocar el odio y la persecución.
«Los romanos –exclama Séneca–
han adoptado el sábado». Y en otro lugar: «Esta nación abominable (Israel) ha
llegado a difundir sus costumbres en el mundo entero; los vencidos han dictado
la ley a los vencedores».
Y Tácito, por su parte, dice de
los judíos: «Entre sí se guardan fidelidad y misericordia, pero contra todos
los demás tienen enemistad y odio»[4].
El
antisemitismo, o el odio al judío, no es, pues, un producto del cristianismo.
Ha existido mucho antes de Cristo y también en pueblos como los árabes,
enemigos a muerte de la Cruz.
Si el antisemitismo no es
producto cristiano, ¿hemos de pensar que sea anticristiano?
[...]
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