«Las flechas de Isabel y Fernando» - Matías Montero (1913-1934)

Hoy como ayer, la España invertebrada... 

Matías Montero y Rodríguez de Trujillo[1] nos dejó con el legado señero de su sangre generosa esta página clara, escrita pocos días antes de morir. Él se había ya dado por entero a la Patria y a la Falange, con nobleza, con inteligencia, con alegría. Su preclaro ejemplar en los estudios como alumno de Medicina se adornaba con un gusto certero por las letras. Una España fuerte y armoniosa de arquitecturas bajo la luz solar, era su vivo sueño para después de la victoria. Muere antes de que nuestro sol alcance su zenit. Muere en el umbral de una España mayor como aquel Doncel de Sigüenza, don Martín Vázquez de Arce, hombre de letras y de armas que murió a la vista de Granada. Ante la figura pensativa de nuestro hermano muerto, que nos mira a través de esta página, todos vamos desfilando en silencio hacia el irrenunciable triunfo del mañana. Al pasar ante él, en el pecho nos cantan los versos del Ariel, de Shakespeare sobre la sepultura: «Nada de él será vano y, como un milagro del mar, volverá convertido en algo rico y maravilloso».

España invertebrada. Éste ha sido el angustiado grito de muchos al contemplar los males de la Patria. Cierta España invertebrada, sin médula, sin nervio, fácil refugio de retóricos jacobinos y de blandos burgueses, que enarbolan el ruinoso estandarte liberal. Hombres sin fe en sus propias convicciones, que no vacilan en abrir las puertas del Poder a las hordas del rojo Islam, cuyo clamor dice Marx es Dios y Lenin es su profeta.

Bajo su dominio, nuestra Patria se ha deslizado y se desliza aún por el plano inclinado de la decadencia, de la ruina, de la impotencia. No ha habido en España quien con fe y voluntad detuviese esta mortal caída. Urge, pues, que los jóvenes que contemplamos el panorama español, dejemos nuestra posición espectadora, y con ánimo y fe echemos sobre nuestros hombros la gran tarea. Vertebrar a España. Hacer que cruce su territorio la espina dorsal de una institución que antaño la dio unidad y sabiduría: La Universidad. Hoy no tenemos Universidad. No creas, lector, que esos viejos o modernísimos edificios que se dicen Facultades pueden ser la auténtica Universidad Española. El hábito no hace al monje. En tiempos remotos, Alfonso X el sabio explicaba: Universidad es el «ayuntamiento de maestros y alumnos», y, venía a decir el gran rey, tiene como fin la verdad. Estas palabras no son aplicables a nuestros centros docentes, rotos en banderías, divididos en pugnas y ensangrentados por el motín. En nuestras universidades, anegadas por la clase positivista y mercantil, en nuestra universidad de escaso valor cultural. Es necesario, pues, que alcemos la Universidad, Alma Mater en el futuro de España. Una Universidad limpia de pasiones, bloque compacto de profesores y estudiantes, que marche entusiasta en pos de la cultura al servicio de la Patria. Que no considere a la ciencia como fin, no; que vea en ella un instrumento de redención humana y que piense que sus investigadores, al crear la ciencia pura, necesitan la firme base de un gran esplendor técnico, que proporcionará al pueblo de España alegría, optimismo y seguridad en sus destinos.

Cierto que la empresa es ardua y penosa, pues no se improvisa y se saca de la ruina de hoy la Universidad ideal que propugnamos; pero si conscientes de nuestro deber formamos en abnegadas Falanges de Sacrificio, no será tan lejano el día luminoso en el que extienda por las rutas del mundo su fama y su cultura la Universidad Imperial de la Joven España.

Pronto tendremos los magníficos edificios de la Ciudad Universitaria terminados; pero si les falta el espíritu y el alma, solamente serán bellas envolturas que cubrirán un interior abyecto y será triste su destino. Es necesario, pues, el esfuerzo. No el que sube rápidamente al compás de una arenga para debilitarse y bajar hasta el olvido, sino aquel esfuerzo cotidiano e interior, tenso y perseverante de los que sienten su corazón pleno de fe, y marchan ansiosos de verdad tras las flechas de Isabel y de Fernando.

Por eso nosotros, Falanges Universitarias, tocamos la campana a somatén, que llama a cruzada a la Juventud de España. Hemos de marchar cual nuevo pueblo elegido, caminos de la tierra prometida, universal y española. Sin hipocresías, cara al horizonte, con el rítmico paso que marcan los tambores, nuevos rumbos de la España renaciente.

Serán largas las jornadas, y el egoísmo y la indiferencia opondrán a nuestro paso sus cumbres áridas y nevadas. No desmayéis. Tenemos un Jefe, y nuestra causa es la Verdad. Superaremos las cumbres.

Tal vez el odio nos aceche en el desierto con espejismos falsos de soviéticos paraísos. Nosotros, jóvenes fervorosos de la estepa, no lo creeremos. Sabemos que la vida es servicio y nuestro continente ascético desechará la tentación marxista. No queremos penetrar en sus jardines de flora enfermiza, cuyas emanaciones diluyen en las almas juveniles las bellas convicciones, grabadas con el troquel de la tradición española, tradición de honor, de gloria y de santidad, forjada por un pueblo que fue grande porque vivió unido y defendió sus fronteras a punta de lanza contra los embates de la heterodoxia y del Islam.

Hemos de sentir el latido generoso del genio de España; el genio que extendió por el orbe la vocación universal de nuestra raza católica, brazo armado de la unidad humana.

Imperio y Universidad rezan nuestro lema hoy que por los cielos de la latinidad rugen un canto guerrero las Águilas de Roma, proclamando, en las tierras viciosas y liberales, la belleza suprema y simbólica de los haces y las flechas.

Haces que unen a los hombres de buena voluntad. Flechas que llevan hasta el infinito la voluntad imperiosa de nuestra fe.

No dudéis, pues, jóvenes que sentís la Universidad. No os ofrecemos placer ni comodidad. Por el contrario, con nosotros pasaréis fatigas y trabajos, y tal vez nos sintamos abrumados por el cansancio del combate. Pero como nuestra fe es inquebrantable y nuestra voluntad apasionada, amanecerá para nosotros el gran día español en el cual el tañido jubiloso de las viejas campanas universitarias unirá sus sones de bronce al clamor de victoria que extenderá por la Patria vertebrada la alegre canción española.

El gran día, en el que los supervivientes cantarán un amor de viejos camaradas, el valor de los caídos, y por ellos elevarán frecuentes preces al Supremo Señor de los Ejércitos.

Acudid, pues, a nuestro llamamiento. Aprenderéis con nosotros a llorar los dolores de España, a reír sus alegrías, a descansar en su regazo cálido y materno, a luchar por su honor, a morir por su integridad. Marcharemos codo con codo uno para todos, todos para uno. Unidos no hay obstáculos. Vertebraremos a la Patria flácida de hoy, amando y edificando la Universidad que mañana dará a España, como en los tiempos del siglo XVI, héroes y santos, guerreros y sabios, misioneros y caudillos.

Nosotros os esperamos, futuros camaradas, con el brazo extendido, símbolo y defensa de la «Pax Romana». 

* En «FE», semanario de la Falange Española, Año II, núm.7 – jueves 22 de febrero de 1934.


[1] Matías Montero fue un joven estudiante universitario, que cuando aún no había cumplido veintiún años, el 9 de febrero de 1934, fue vilmente asesinado por la espalda por miembros del PSOE y de las Juventudes Socialistas, luego de estar voceando y vendiendo en las calles de Madrid el periódico «F.E.». Precisamente la misma publicación de donde hemos extraído este artículo, cuyo texto le fue encontrado entre su ropa luego del atentado. Para su mejor conocimiento, una pequeña semblanza de este joven y valiente falangista puede descargarse AQUÍ. (Nota de «Decíamos ayer...»).

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