«La época de Rosas vista por Rosas» - Juan Manuel de Rosas (1793-1877)
En las vísperas de un nuevo aniversario de la Batalla de Caseros –verdadera derrota nacional–publicamos hoy este texto, extraído de la excelente y vasta obra de Vicente Sierra, quien transcribe la entrevista realizada por Vicente Quesada y su hijo Ernesto al Restaurador de las Leyes durante su exilio.
«El mejor juicio sobre la época de Rosas, el más sereno y objetivo, ha sido el formulado por el propio Rosas, 22 años después de Caseros. En 1873, Vicente G. Quesada, padre de Ernesto Quesada, acompañado por éste, visitó a Rosas en su chacra de Sawthling, a un par de millas de Southampton. El visitante había sido contrario al dictador, pero, como dijo su hijo, en 1873 la figura de éste no podía tener sino un simple interés histórico. Ernesto Quesada, por consejo de su padre, redactó una memoria de la entrevista, que sólo dio a conocer en la vejez. En la parte que nos interesa dice así:»: (Aclaración de don Vicente Sierra, como presentación del «Apéndice I, del tomo de la obra de donde transcribimos el presente texto) (Nota de «Decíamos ayer...»).
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«Señor -le dijo de repente mi padre-, celebro
muy especialmente esta visita y no desearía retirarme sin pedirle que satisfaga
una natural curiosidad respecto de algo que nunca pude explicarme con acierto.
Mi pregunta es ésta: desde que Vd., en su largo gobierno, dominó al país por
completo, ¿por qué no lo constituyó usted, cuando eso le hubiera sido tan fácil
y, sea dentro o fuera territorio, habría podido entonces contemplar satisfecho
su obra, con el aplauso de amigos y adversarios...?»
–Ah –replicó Rosas,
súbitamente grave y dejando de sonreír–; lo he explicado ya en mi carta a
Quiroga. Esa fue mi ambición, pero gasté mi vida y mi energía sin poderla
realizar.Subí al gobierno encontrándose
el país anarquizado, dividido en cacicazgos hoscos y hostiles entre sí,
desmembrado ya en parte y en otras en vías de desmembrarse, sin política
estable en lo internacional, sin organización nacional, sin tesoro ni fianzas organizadas,
sin hábitos de gobierno, convertido en un verdadero caos, con la subversión más
completa en ideas y propósitos, odiándose furiosamente los partidos políticos;
un infierno en miniatura. Me di cuenta de que si ello no se lograba modificar
de raíz, nuestro gran país se diluiría definitivamente en una serie de
republiquetas sin importancia y malográbamos así para siempre el porvenir, ¡pues
demasiado se había fraccionado ya el virreinato colonial!
La provincia de Buenos Aires
tenía, con todo, un sedimento serio de personal de gobierno y de hábitos
ordenados. Me propuse reorganizar la administración, consolidar la situación
económica y, poco a poco, ver que las demás provincias hicieran lo mismo.
Si el partido unitario me
hubiera dejado respirar no dudo de que, en poco tiempo, habría llevado al país
hasta su completa normalización; pero ello no fue posible, porque la
conspiración era permanente y en los países limítrofes los emigrados
organizaban constantemente invasiones. Fue así como todo mi gobierno se pasó en
defenderse de esas conspiraciones, de esas invasiones y de las intervenciones
navales extranjeras: eso insumió los recursos y me impidió reducir los
caudillos del interior a un papel más normal y tranquilo. Además, los hábitos
de anarquía, desarrollados en 20 años de verdadero desquicio gubernamental, no
podían modificarse en un día. Era preciso primero gobernar con mano fuerte para
garantizar la seguridad de la vida y del trabajo en la ciudad y en la campaña,
estableciendo un régimen de orden y de tranquilidad que pudiera permitir la
práctica real de la vida republicana.
Todas las constituciones que se
habían dictado antes habían obedecido al partido unitario, empeñado –como decía
el fanático Agüero- en hacer la felicidad del país a palos. Jamás se pudieron
poner en práctica. Vivíamos sin organización constitucional y el gobierno se
ejercía por resoluciones y decretos, o leyes dictadas por las legislaturas. Mas
todo era, en el fondo, una apariencia, pero no una realidad; quizá una
verdadera mentira, pues las elecciones eran nominales, los diputados electos
eran designados de antemano, los gobernadores eran los que lograban mostrarse
más diestros que los otros e inspiraban mayor confianza a sus partidarios. Era,
en el fondo, una arbitrariedad completa.
Pronto comprendí, sin embargo,
que había emprendido una tarea superior a las fuerzas de un solo hombre; tomé
la resolución de dedicar mi vida entera a tal propósito y me convertí en el
primer servidor del país, dedicado día y noche a atender el despacho del
gobierno, teniendo que estudiar todo personalmente y que resolver todo tan solo
yo, renunciando a las satisfacciones más elementales de la vida, como si fuera
un verdadero galeote.
He vivido así cerca de 30 años,
cargando solo con la responsabilidad de los actos de gobierno y sin descuidar
el menor detalle. Vivos están todavía los empleados de mi secretaría que se
repartían por turnos las 24 horas del día, listos al menor llamado mío, y yo,
sin respetar hora ni día, apenas daba a la comida y al sueño el tiempo
indispensable, consagrando toda mi existencia al ejercicio del gobierno.
Los que me han motejado de
tirano y han supuesto que gozaba únicamente de las sensualidades del poder son
unos malvados, pues he vivido a la vista de todos, como en casa de vidrio, y
renuncié a todo lo que no fuera el trabajo constante del despacho sempiterno.
La honradez más escrupulosa en el manejo de los dineros públicos, la dedicación
absoluta al servicio del Estado, la energía sin límites para resolver en el
acto y asumir la plena responsabilidad de las resoluciones, hizo que el pueblo
tuviera confianza en mí, por lo cual pude gobernar tan largo tiempo. Con mi
fortuna particular y la de mi esposa, habría podido vivir privadamente con
todos los halagos que el dinero puede proporcionar y sin la menor preocupación.
Preferí renunciar a ello y, deliberadamente, convertirme en el esclavo de mi
deber, consagrado al servicio absoluto y desinteresado del país.
Si he cometido errores –y no hay
hombre que no los cometa- sólo yo soy responsable. Pero el reproche de no haber
dado al país una constitución me pareció siempre fútil, porque no basta dictar
un «cuadernito», cual decía Quiroga, para que se aplique y resuelvan todas las
dificultades; es preciso antes preparar al pueblo para ello, creando hábitos de
orden y de gobierno, porque una constitución no debe ser el producto de un
iluso soñador sino el reflejo exacto de la situación de un país.
Siempre repugné a la farsa de las leyes pomposas en el papel y que no podían llevarse a la práctica. La base de un régimen constitucional es el ejercicio del sufragio y esto requiere no sólo un pueblo consciente y que sepa leer y escribir, sino que tenga la seguridad de que el voto es un derecho y a la vez, un deber, de modo que cada elector conozca a quién debe elegir: en los mismos Estados Unidos dejó todo ello muy mucho que desear, hasta que yo abandoné el gobierno, como me lo comunicaba mi ministro, el general Alvear. De lo contrario, las elecciones de las legislaturas y de los gobiernos son farsas inicuas y de las que se sirven las camarillas de entretelones, con escarnio de los demás y de sí mismos, fomentando la corrupción y la villanía, quebrando el carácter y manoseando todo.
No se puede poner la carreta
delante de los bueyes: es preciso antes amansar a éstos, habituarlos a la
coyunda y la picana para que puedan arrastrar la carreta después. Era preciso
pues, antes que dictar una Constitución, arraigar en el pueblo los hábitos de
gobierno y de vida democrática, lo cual era tarea larga y penosa.
Cuando me retiré, con motivo de Caseros –porque había con anterioridad preparado todo para ausentarme, encajonando papeles y poniéndome de acuerdo con el ministro inglés– el país se encontraba quizá ya parcialmente preparado para un ensayo constitucional. Y Vd. sabe que, a pesar de ello, todavía se pasó una buena decena de años en la lucha de aspiraciones entre porteños y provincianos, con la segregación de Buenos Aires respecto de la Confederación...
«Entonces –interrumpió mi padre– Vd. estaba fatigado del ejercicio de tan largo gobierno...»
Ciertamente. No hay hombre que resista a tarea semejante mucho tiempo. Es un honor ser el primer servidor del país, pero es un sacrificio formidable, que no cosecha sino ingratitudes en los contemporáneos y en los que inmediatamente le suceden. Pero tengo la conciencia tranquila y sé que la posteridad hará justicia a mi esfuerzo, porque sin ese continuado sacrificio mío, aún duraría el estado de anarquía, como todavía se puede observar hoy en otras naciones de América.
Por lo demás, siempre he creído que las formas de gobierno son un asunto relativo, pues monarquía o república pueden ser igualmente excelentes o perniciosas, según el estado del país respectivo; eso es exclusivamente el nudo de la cuestión: preparar a un pueblo para que pueda tener determinada forma de gobierno; y para ello, lo que se requiere son hombres que sean verdaderos servidores de la nación, estadistas de verdad y no meros oficinistas, pues, bajo cualquier constitución, si hay tales hombres, el problema está resuelto, mientras que si no los hay, cualquier constitución es inútil o peligrosa.
Nunca pude comprender ese
fetichismo por el texto escrito de una constitución, que no se quiere buscar en
la vida práctica sino en el gabinete de los doctrinarios. Si tal constitución
no responde a la vida real de un pueblo, será siempre inútil lo que sancione
cualquier asamblea o decrete cualquier gobierno.
El grito de constitución, prescindiendo del estado del país, es una palabra hueca. Y a trueque de escandalizar a usted, le diré que para mí, el ideal de gobierno feliz sería el autócrata paternal, inteligente, desinteresado e infatigable, enérgico y resuelto a hacer la felicidad de su pueblo, sin favoritos ni favoritas. Por esto jamás tuve ni unos ni otras: busqué realizar yo solo el ideal del gobierno paternal, en la época de transición que me tocó gobernar. Pero quien tal responsabilidad asume no tiene siquiera el derecho de fatigarse, sobre todo si la salud física –como es mi caso– le permite realizar el esfuerzo hercúleo: por eso, cuando los acontecimientos le quitan esa responsabilida, el que era galeote como gobernante respira y vive a sus anchas por vez primera... Es lo que me ha pasado a mí y ahora me considero feliz en esta chacra y viviendo con la modestia que Vd. ve, ganando a duras penas el sustento con mi propio sudor, ya que mis adversarios me han confiscado mi fortuna, hecha antes de entrar en política y la heredada de mi mujer, pretendiendo así reducirme a la miseria y queriendo quizá que repitiera el ejemplo del Belisario romano, que pedía el óbolo a los caminantes.
Son mentecatos los que suponen
que el ejercicio del poder, considerado así como yo lo practiqué, importa
vulgares goces y sensualismos, cuando en realidad no se compone sino de
sacrificios y amarguras.
He despreciado siempre a los
tiranuelos inferiores y a los caudillejos de barrio, escondidos en la sombra.
He admirado siempre a los dictadores autócratas que han sido los primeros
servidores de sus pueblos. Ése es mi gran título; he querido siempre servir al
país y si he acertado o errado, la posteridad lo dirá, pero ése fue mi
propósito y mía, en absoluto, la responsabilidad por los medios empleados para
realizarlo.
Otorgar una constitución era un
asunto secundario; lo principal era preparar al país para ello, ¡y eso es lo
que creo haber hecho!
* En «Historia de la Argentina – T° IX – 1840-1852», de Vicente D. Sierra, Editorial Científica Argentina – Buenos Aires, 1ª edición, 1969, págs. 327-329.
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