Las Catedrales (fragmento)
HENRY BORDEAUX (1870-1963)

Ante el incendio de la querida Catedral de París, «Decíamos ayer» quiere rendir, con la presente publicación, un humilde y filial homenaje a «Nuestra Señora».


     La arquitectura es la primera de las artes. Da asilo al hombre y al mismo Dios. Crea el hogar y el santuario. El valor histórico de una época se juzga por sus monumentos. Las pirámides de Egipto y los templos indios continúan evocando la religión de la muerte y la de Brahma y Visnú, el de los miembros múltiples. Grecia ha realizado la belleza perfecta en la Acrópolis de Atenas, y Roma, su fuerza ordenada, en su Coliseo, sus foros, sus basílicas, sus termas, sus acueductos. La Cristiandad ha recubierto Europa con la túnica de sus catedrales. Del Renacimiento del Louvre y de los castillos del Loira, del Luis XIV de las Tullerías y de Versalles, del siglo XVIII de los Triannones y de las milagrosas proporciones de las casas de recreo, ¿habremos sabido guardar el gusto por la construcción y el arte de un acuerdo entre el maestro del arte y el obrero? Pues la piedra reclama, para ser manejada, el calor humano, la dulzura y la destreza de la mano que acaricia y manda a la vez. Cuando falta este calor, el hombre puede desde luego construir cuarteles y rascacielos, casinos y estaciones, cines y garajes, pero no una iglesia, ni siquiera una de estas moradas familiares de las que los niños no pueden marcharse sin derramar lágrimas.
La Edad Media sólo ha rebasado en arquitectura al arte antiguo, al arte griego, no en la perfección, sino en el poder; al arte indio, no en el poder, sino en la armonía. Ha creado y difundido, en Francia primero, luego en la Cristiandad, ese pueblo prodigioso de las catedrales románicas y góticas, que levantan la tierra hacia el cielo a pesar de todas la reglas de la gravedad, a pesar de las protestas de la materia, por el ímpetu de las naves y de las torres, por el sueño venturoso y divino que está inscripto en ellas: «La Edad Media –dice Víctor Hugo en Nuestra Señora de París–, la Edad media no ha pensado nada importante que no lo haya escrito en piedra». Y Rodin: «Toda nuestra Francia está en nuestras catedrales como toda Grecia está en abreviatura en el Partenón».


      Inspirándose en la gran obra de Émile Male sobre El arte religioso de los siglos XII y XIII, Luis Gillet ha trazado en un bello libro, La Catedral viva, este cuadro, que citaré casi íntegramente por su lirismo, dentro de la verdad:
«La catedral francesa de la época de San Luis es aún lo más hermoso que ha hecho Francia, y una de las cosas más bellas salidas de la mano del hombre. Es el tesoro de nuestros pensamientos más profundos, el lugar de nuestras veneraciones. En ella es donde nuestros padres han depositado todos sus secretos y todo el sentido de nuestros destinos, todas las ideas que se hacían de la tierra y del cielo… Es el gran testigo de toda nuestra historia, el juez de los siglos rápidos que pasan a sus pies. De una vez para siempre, hemos tomado aquí la medida del hombre. No nos satisface nada que no pueda llenar estas bóvedas que los hombres de antaño han dilatado hasta la altura de su ímpetu hacia el infinito. Familiar y sublime, maciza y delicada, cincelada todo el día en sus innumerables esculturas por la sombra y la luz, dentro de su túnica color del tiempo, está ahí, como un gigante de piedra, en actitud heroica, tal como la ha visto Juana de Arco y tal como la han conocido Pascal y Bossuet. Su ábside ha recibido la luz de millares de mañanas, y sus pórticos, el adiós de millares de ponientes; alrededor de esta Parca es donde se tejen nuestros días.
»Visitante tranquila, su sombra, como una bendición, circula dulcemente sobre los techos domésticos y deposita en ellos, como un vuelo de palomas sobre las tejas, el sonido de las campanas del Angelus. Por encima del círculo de los tejados de las ciudades y de las humaredas azules de los hogares cuenta a lo lejos sus parroquias, las aldeas de los alrededores, como un pastor cuenta sus ovejas. Vigila los pequeños campanarios esparcidos por la llanura, que dicen la misa en los campos, como una madre atenta cuida de que los niños, antes de dormirse, reciten su oración.
»Lo mismo que ha hecho con nuestros padres, nos acompaña de la cuna a la tumba. No podemos dar un paso que escape a sus miradas. Todas las distancias itinerarias siguen partiendo de Nuestra Señora de París. No dejamos su sombra sino para entrar en la de otra, como si, al dejarnos, nos pusiera en las manos de una hermana o de una pariente. De etapa en etapa, en todas nuestras rutas, las catedrales se relevan y se remiten al viajero: piedras miliarias de la Europa cristiana, mojones kilométricos de la eternidad».
Estas catedrales que parecen continuarse y pasarse la antorcha de la Fe con el fin de obligar al hombre de Francia a arrodillarse en todas partes donde lo llaman su trabajo o su sueño, de París a Sens, en Ruan, en Troyes, en Laon, en Metz, en Estrasburgo, en Reims, en Chartres, en Tours, en Poitiers, en Santa Cruz de Orleáns, en San Esteban de Bourges, en Santa Cecilia de Albi, en San Serenín de Toulouse, para concluir en el esfuerzo roto de Beauvais, fulminado por la audacia del arquitecto y por la desmesura, han sustituido en la misma elección de la mayoría de sus emplazamientos a viejos templos paganos hundidos o abandonados, lo mismo que en Roma, donde se encuentran sus cimientos, a veces utilizados. Fijados al suelo por sus sólidas bases, que se hunden en la tierra como raíces de encinas gigantescas, se han orientado de acuerdo con la rosa de los vientos y con la marcha de los astros.
«Así –sigue escribiendo Luis Gillet– hay en la orientación de las catedrales algo que viene de muy lejos y que rebasa en mucho, en verdad y en seriedad, el estremecimiento poético del saludo cotidiano y del adiós del día, del Angelus de la mañana, del mediodía y de la tarde. Hay la presencia mística de una cosa secretamente acordada con las estrellas y que forma parte de los grandes ritmos de la creación. Surgidas por una germinación visceral desconocida, de una simiente confiada a los rincones más íntimos y a las cavernas del suelo y atraídas hasta las nubes, donde se pierden sus flechas, por la atracción de los astros, la Catedral es el prodigio, la Esfinge que canta, como el coloso de Libia, a los rayos del Sol: es el guión por medio del cual se realiza la amalgama del hombre y lo divino, el matrimonio de la tierra con el Cielo».
La catedral no ha alcanzado del primer impulso su diseño ni sus proporciones. Lo mismo que un árbol extrae su savia del humus de las hojas muertas amontonadas, aquélla ha brotado sobre los viejos templos derrumbados o sobre las primeras iglesias esbozadas, devastadas, hundidas o quemadas. ¿Cuántos de estos ensayos fueron destruidos en las armazones de sus techos? Lejos de desalentarse ante las catástrofes que azotaron a las más amorosamente construidas de esas catedrales incendiadas, el pueblo entero reclamó su reconstrucción y se puso al trabajo, mientras que el maestro de obra se esforzaba en perfeccionar su técnica.


¿Qué viento sopló en huracán sobre todos estos constructores, desde los maestros de obra a los albañiles y a los carpinteros, desde los escultores a los vidrieros e imagineros, para comunicarles este ímpetu, este arrebato en el trabajo en una especie de jovial frenesí? No hay duda de que fue la influencia de las Cruzadas. Ésta se halla tanto en la piedra como en la poesía lírica. Toda Francia, arrastrando en ello a Europa, quería abrazar la Cruz. Los que no podían partir para Tierra Santa, aquellos a quienes retenían las obligaciones cotidianas, profesionales o familiares, se han cruzado en su mismo lugar, edificando casas de Dios. La Cruzada era ¿el desquite? contra esa Asia que había llegado hasta Poitiers después de haber irrumpido sobre África, sobre la España que el Islam conservaba aún y que se debatía para romper la servidumbre de los califatos; era la ofensiva contra la Turquía que bajaba sobre Egipto y amenazaba Bizancio; era la gran barrera de Occidente. Pero, ¿no era necesaria otra barrera, en las localidades mismas, contra las concupiscencias y las tentaciones, contra la lujuria y el orgullo, y esa barrera espiritual, no era la catedral? Ésta era, mejor aun, el homenaje rendido al Redentor, cuyo lugar de suplicio y cuya sepultura acababan de rescatar en Tierra Santa los cruzados, y con él al Dios del Juicio Final, a la Virgen María, a los anunciadores proféticos del Antiguo testamento, a los Apóstoles del Nuevo, a la Iglesia. «La voz del monumento entero –dice Ruskin en La Biblia de Amiens– es la que viene del cielo en el momento de la Transfiguración: «Éste es mi hijo bienamado, escuchadlo»…

* En «Vida, muerte y supervivencia de San Luis Rey de Francia», Ed. Espasa-Calpe, Buenos Aires, 1951, pp.40-43.

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