La marcha del regimiento
RAMIRO DE MAEZTU (1874-1936)

Camino de la estación del Mediodía va un regimiento de línea[1]. Catorce kilómetros de marcha por la carretera, con todo el equipo, el correaje y el armamento, han fatigado a los muchachos y andan con la cabeza caída y el uniforme blanqueado por el polvo; blancas las correas, blanco el pantalón rojo, blanco el capote azul, blanco el rostro, dibujando el conjunto perfiles empolvados.
Marchan de dos en dos, por entrambas aceras, pensativos, melancólicos, al cruzar los arrabales.
Se acercan al centro de Madrid, se oye un ¡viva España!, ordena el coronel formar de a cuatro, la música entona un pasodoble, la gente se amontona alrededor del regimiento, y, como movidos por un resorte, los cuerpos de los soldados se yerguen, las cabezas se levantan, los encogidos pechos se desdoblan, una sonrisa cruza mil semblantes, los ojos se iluminan y el cansancio desaparece. ¡Que no se diga que parecen muertos! Muévense los brazos con gallardo brío, el paso se encauza y acelera.
La gente prorrumpe en vivas estruendosos, una imagen brillante, algo así como una borrachera de valor y de triunfo, cruza, como una ráfaga de viento, los mil espíritus de un mismo cuerpo y el regimiento se aleja entre la multitud entusiasmada.
A las veces asoman por los ojos de los expedicionarios tristes remembranzas; el último apretón de manos del padre que se volvió de espaldas para no dejar ver las lágrimas; el llanto franco de la madre, de la hermana y de la novia, sus últimos abrazos, que aun parece se les cuelgan del cuello.
Pero la música prosigue entonando el marcial pasodoble. Óyense a lo lejos los vivas de la gente; ¡atrás las penas!, ¡erguid el cuerpo!..., ¿qué se pierde, si en todo caso se pierde la vida?... Por de pronto se abandona la existencia cuartelera, vida de cepillar botones y frotar correas...
Al salir de Madrid el regimiento, con rumbo a las Baleares, parece la estación del Mediodía un inmenso escenario en el momento de la apoteosis. Se suceden sin tregua los vivas frenéticos, cien banderas se agitan en los aires, cien mil personas escoltan al ejército, agrupándose a lo largo de la vía férrea en una extensión de más de una legua.
La apoteosis se repite en todas las estaciones del camino.
En un pueblo –Alcalá de Henares– las casas se cierran; mujeres, niños, viejos y enfermos corren a la estación. El himno de Cádiz retumba a los vientos.
El labriego sacude su escepticismo habitual respecto de las cosas públicas; por una vez endereza el cuerpo encorvado perpetuamente sobre el arado, y se quita el sombrero, saludando las banderas que ondean en el tren militar, las mismas banderas que tremolaron los manifestantes y depositaron en las manos del ejército, para que su pecho las defienda.
Es un delirio loco. Por todas partes –en Aragón muy especialmente–, las estaciones desbordan muchedumbres. Junto a la silueta del campesino se divisa la del médico y las del alcalde, tal como las dibujan los caricaturistas; aquí y allá aparece el tipo sano y simpático de nuestro cura de misa y de olla, que con la cara sofocada de rabia y la teja en la mano depone por un día la prédica del Evangelio, y sintiéndose español de cuerpo y alma, grita a los soldados que respetuosamente le saludan: «¡A ellos, muchachos, a ellos, y enseñadles a tener vergüenza!».
De los pueblos más pobres, aportan los maños[2] cestas repletas de vino y vituallas. En lo alto de un cerro asoma un aragonés clásico, con el pañuelo en la cabeza, que cierra los puños y agita los brazos, señalando el horizonte que la locomotora va ganando.
En Calatayud hay diez mil personas en la estación. Separada de la multitud yérguense unas seis soberanas mocetonas, de estatura majestuosa, colores frescos y caderas olímpicas.
En sus cuerpos egregios parecen encarnarse los dioses fecundos del cielo pagano.
Al zarpar de Barcelona la gente ocupa las vergas de los barcos mercantes.
Y al terminar el viaje, cuando el cansancio rinde a los soldados, entre las negruras de la ausencia, se destaca una visión halagadora, la de las aragonesas de Calatayud, imagen de triunfo y de vida.
¿Qué importa la guerra?... ¿Qué la muerte?... En esas caderas arrogantes cabe otra España, si acaso ésta se hundiera.
1898

* En «España y Europa», Ed. Espasa-Calpe Argentina S. A., Buenos Aires-México, Colección Austral, 2ª edición, 1948, págs. 30-33.



[1] «En 1898 [Ramiro de Maeztu] fue soldado de fila en las tropas que fueron a las islas Baleares a defenderlas contra los posibles ataques de los yanquis. Conviene advertir que entonces no había en España servicio militar obligatorio. Su artículo ‘La Marcha del regimiento’ incluido en este volumen, está escrito sobre la mochila mientras su escuadrón hace un alto en el camino». (Del prólogo escrito por su hermana, María de Maeztu, a la primera edición, en Buenos Aires en 1946). (N. de «Decíamos ayer...»)
[2] «Maño»: Natural o perteneciente a Aragón (N. de «Decíamos ayer...»).